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1.27.2011

LA TÍTERE



Por Juan José Oppizzi
Sus Artículos en ADN CreadoreS


Hoy la memoria me trajo una brisa de otros días. Fue por el estímulo de haber escuchado una grabación musical. Como por un rayo de luz, me vi en el año 1963. Yo concurría a una escuela rural, la número 21 Juan Martín de Pueyrredón, del paraje La Isabel, en el partido de Salto argentino; estaba en lo que entonces era el “primer grado inferior”. Allí me vi, pues, aprestándome con mis otros escasos treinta compañeritos para asistir a una función en el cine Roma de aquella ciudad bonaerense. En lo personal, fue la primera salida a una distancia de más de diez kilómetros sin mis padres. El arribo a la sala nos intimidó: había cientos de otros niños en la misma instancia. El griterío era infernal. La alharaca de los alumnos ocasionaba las reprensiones de las maestras; había breves espacios de calma y luego se repetían los bullicios y los alaridos docentes en procura de orden. Nadie escuchaba al próximo ni a sí mismo. Nuestro exiguo contingente guardaba una compostura que no tardó en atraer las críticas de los infantes más agresivos de las otras escuelas. Ya en las butacas, hubimos de ser flanqueados en los laterales por la directora y la única maestra, dedicadas a repeler las flechas verbales provenientes de cualquier extranjero escolar. Nos quedaban más expuestos la retaguardia y el frente, blanco de avioncitos de papel, confituras en forma de proyectil o escupitajos furtivos que invariablemente daban en los blancos más voluminosos de nuestras educadoras.

Cuando al fin se apagaron las luces, hubo un alarido uniforme que indicó la complacencia por el fin de la espera. La función consistía en un espectáculo (luego supe que fue uno de los últimos) a cargo de miembros de la compañía de marionetas llamada Piccoli di Podrecca. En casa, mis padres y otros familiares de la misma edad evocaban alguna vista de estos muñecos, considerándolos dentro de lo mejor que habían apreciado en sus existencias. Al grupo lo formaban gentes de diversas nacionalidades –aunque predominaban los italianos, como es lógico por su punto de inicio– y sus periplos tenían un circuito igual de cosmopolita. Muchísimos años después averigüé que el fundador de esa compañía, el signore Podrecca, había fallecido en el año 1959, luego de sembrar el mundo con la fantasía radiante de su corte de seres artificiales y de colaboradores. Huyendo del horror de la Segunda Guerra Mundial, decidió una gira que sería permanente y que abrió cauce al arte de los titiriteros. La Argentina contó con uno de los hombres más relevantes en tal especialidad: el gran Javier Villafañe.

Ha dicho Borges en la milonga Jacinto Chiclana: “Los años no dejan ver el entrevero y el brillo”. Por suerte, yo sigo viendo el brillo de aquel escenario mágico, donde hombres y mujeres de madera actuaban para cientos de niños boquiabiertos. Un caballero hamacaba delicadamente a una frágil dama. Primero, el vaivén era suave; después, la niña desaparecía de escena y el retorno de la hamaca golpeaba al pobre hombre hasta enviarlo, a su vez, fuera de nuestra vista; rengo y maltrecho, él insistía en complacer a su compañera, que no se daba por enterada. Un adusto violinista vestido de negro (reminiscencias de Niccoló Paganini, tal vez) ejecutaba su instrumento un rato, hasta que empezaba a desintegrarse: cabeza, brazos, piernas, torso y violín se desparramaban en círculos caóticos por el aire. Sin que dejara de sonar la música, las piezas anatómicas del raro instrumentista volvían a componer la persona y terminaba su actuación tan completo como había entrado al escenario. Y el número que motiva estas letras nostálgicas era algo así como teatro de marionetas dentro del teatro de marionetas: en una fiesta, un inventor presentaba una muñeca cantante, a cuerda; una mariposa giratoria debía ser manipulada en su espalda a fin de que la niña artificial pudiese desplegar trinos de soprano de coloratura. La duración de la cuerda era bastante más breve que la pieza musical; por lo tanto, su voz y sus movimientos declinaban abruptamente y era necesario girar el mecanismo para darle nuevo impulso. La muñeca tenía un vestido largo, azul, y su canto sonaba con la agilidad de un ave. Interpretaba un vals. Algo así como un sello de fuego me incrustó en el alma esa voz.

Cuando en la radio a transistores de mi casa yo escuchaba, al paso, alguna voz parecida a la de aquella muñeca del teatro, pedía que se dejara la sintonía allí y exclamaba: “¡La títere!”, pensando que era la misma. El tiempo me soldó al oído el gusto por la ópera, y a lo largo de muchos años, al escuchar yo, fascinado, interpretaciones líricas femeninas, mis padres seguían diciendo, entre jocosos y graves: “Es como la títere”.

Nada menos que cuarenta y seis años después, en 2009, compré una colección de registros de voces de la ópera y, recorriendo sus delicias, oí aquel vals y gocé de aquellos gorjeos. El impacto me hizo creer (¿y acaso no es posible?) que era la misma grabación empleada para figurar el canto de la marioneta vestida de azul. La pieza –ahora lo sé– es el Aria de la muñeca, de Los cuentos de Hoffmann, de Jack Offenbach, un músico francés de apellido alemán, que durante casi toda su vida estuvo dedicado a componer operetas mediocres, y que, para liberarse del yugo de su propia obra, decidió escribir algo más profundo. El tema de esta pieza es el amor (¡cuándo no!), representado por tres mujeres que rondan al escritor Ernesto Teodoro Hoffmann (persona que anduvo realmente por el mundo bajo ese nombre y con esas dotes). Uno de los episodios cuenta el enamoramiento del artista respecto de la acrobática –y automática– soprano, sin sospechar –¡Ay convencionalismos de los libretos!– que se trata de un robot. La versión que a partir de 2009 tengo en mis manos –con ruido de cuerda y todo– es de una cantante llamada Vina Bovy (cómoda síntesis para esquivar el interminable Johanna Paulina Felicidad Bovy van Overberghe), originaria de la ciudad belga de Gante en el año 1900. El neblinoso registro data de 1937 y, según los datos biográficos que lo acompañan, esta señora expiró en 1983. Acaso, como ya me lo pregunté, no sea absurdo imaginar que ella fue la voz de aquella marioneta que en el lejano 1963 le dejó a un niño de cinco años la impresión decisiva para que luego se inclinara por admirar el canto operístico.



Portada: Marioneta, de Maricarmen Ruiz
Diagramación & DG: Pachakamakin

7.22.2008

LA MAESTRA DEL VACIO.

Por Pedro Valtuille







Brighton, Inglaterra, 24 de Diciembre de 1980. Fuí invitado por un amigo japonés, pintor Zen especializado en vidrieras, de nombre Shigeru Yoshida, a una cena de Nochebuena. Shigeru sabía que en Caracas yo había conocido en 1975 a un Sensei de Shorinji Kempo, Yoshio Hama, quien sería mi primer mentor en el ámbito del Budismo Zen. 


Yo le había contado que en el ´75 Kazuo Wada me había iniciado el la práctica del Karate-Do Shitu Ryu y como a través de él había conocido a Yoshio Hama, Sensei de Shorinji Kempo, y mis viencias con él en relación al Zen... También le conté que en Caracas había conocido a Ishiyama, a Carlos Moreno y... al Shihan Shoko Sato para quien mi padre había trabajado como transportista de sus alumnos...

Yo le había contado a Shigueru mis Vivencias, de hacía varios años, de Shunyata y de Maha-Shunyata... Shigueru también sabía que realizaba una Disciplina de Dhyana intensa, pues a diario Meditaba de 6 a 8 de la mañana y de 21 a 21:30; además de las prácticas en Vipassana, Metta y otras en diversos Centros y Grupos Budistas, como los Friends of the Western Buddhist Order, Lamas Tibetanos y Diversas Escuelas Mahayana...


Así que Shigeru me preparó un Regalo inesperado...


La Cena de Nochebuena la daba en su habitación. Allí­ no habí­a cuarto de baño ni ningún tipo de cuarto, compartimento o biombo, sólo una pequeña habitación donde él viví­a. A la Cena estaban invitados cuatro amigos suyos japoneses: un Señor experto en Flamenco, dos Señoras Cristianas y la Dama que no me fue presentada, a la cual denomino Maestra del Vací­o... pues Ella fue el Regalo.


A las dos japonesas Católicas y al Señor experto en guitarra española les hací­a mucha gracia que yo estuviera tan interesado en el Budismo Zen y en la Cultura Japonesa, mientras que ellos tres lo estaban de la Cultura Española... Nos reímos todos por ello.
Pero veamos el Regalo que me hizo la Maestra del Shunyata, una mujer experta en Ikebana
Cha-no-yu o Ceremonia del Te, desde la perspectiva Zen. 

Es importante saber que en ningún momento Ella salió de allí­, ni se maquilló o desmaquilló estilo Geisha, ni se quitó o cambió de ropa. Su Regalo fue el mostrarme su Dominio del Vací­o. Para ello me hizo vivir intensamente el momento presente. Como una Maestra del Teatro me hizo cuatro representaciones en vivo, sin yo saber que lo hací­a...

Veamos Su Destreza en la Representación y en el dominio del Shunyata... En cada representación viví­a con intensidad el momento presente sin poder recordar las escenas anteriores. Cada escena duró aproximadamente una hora.


Primera Escena: Cuando entro en la habitación la Dama es una Joven de unos 16 años. Shigueru me presenta a todos menos a esta 
ꞋjovenꞋ, al menos yo no lo recuerdo. La ꞋjovencitaꞋ era bellísima y estaba decorando cuando yo entré.

Ella no se inmutó ni me miró, y siguió haciendo su trabajo durante una hora, más o menos, sin parar. Durante toda esta Escena todos mis sentidos estuvieron enfocados en Ella, no podía dejar de mirarla... habí­a tanta Belleza y Armoní­a en cada gesto y movimiento suyo... no había visto tanta perfección, nada igual en mi vida... 

Ella no me miró ni me habló en ningún momento, estaba plenamente centrada en la decoración, en crear Belleza. Pero Ella era la Belleza en sí­ misma, todos mis sentidos no podían dejar de focalizarse en Ella...

Segunda Escena: Ahora Ella aparentaba unos 23 años y yo pasé a ser el centro de atención de todos sus sentidos, cada gesto o movimiento mío durante la cena atraí­a todos sus sentidos. Su mirada era profunda y penetrante... En esta Escena no hubo tampoco cruce de palabras, yo hablaba con los demás en inglés mientras Ella me observaba... Durante todo el tiempo también viví intensamente el presente sin recordar la escena anterior...


Tercera Escena: Ahora la Dama aparentaba unos 35 años... Sigo sin recordar sus anteriores aspectos, ya que me hacía vivir muy intensamente cada Escena, momento a momento... Por tanto, no noto el instante del cambio de cada Escena. En esta Tercera Representación yo me convierto en el blanco de sus crí­ticas...


Cuarta Escena: En esta aparenta unos 45 años y sigo sin recordar las escenas anteriores. Esta vez, durante todo el tiempo, Ella se convirtió en el blanco de mis críticas mentales; por cada comentario que hacía, por su conversación, por cada gesto o movimiento... por todo...


Fin de Escena, Acción Maestra y Dominio de la Vacuidad: Nada más salir de la Habitación, y despedirme de Shigueru y de sus amigos, la Maestra Desapareció Absolutamente de mi Consciencia, sin dejar la más mí­nima huella. Podí­a recordar al Sr. Yoshida, al guitarrista y a las dos Señoras Católicas, mas no a la Maestra de Chanoyu...


Y así­ pasaron unos 23 dí­as en Inglaterra sin recordarla. Regresé a León, España, y pasaron varios meses... Seguí­a recordando sólo a tres japoneses, a parte de mi amigo Shigueru, con quien mantenía correspondencia.


Un día entré en la ya desaparecida librería Pisa, y en la sección de Orientalismo cogí un Libro de Okakura: La Ceremonia del Te. Un libro publicado en Kairós. Antes de abrir el Libro cerré los ojos dirigiéndome a lo Profundo y anhelando intensamente conocer la Esencia de la Ceremonia del Te, no el Procedimiento...


Al abrir el Libro por la mitad, al azar, ví el título del Capítulo que comenzaba:
Te: Virtualidad... y lo leí. Trataba de la Esencia de la Ceremonia y se narraba la historia de un matrimonio occidental, quienes llegan a Japón invitados por un amigo que residía en Kyoto. 

Ya en la Ciudad de los Jardines, los Templos Zen y las Geishas, el amigo les invita a presenciar una Ceremonia de Te. Una vez dentro del recinto, sale una joven bellísima que les sirve el Té, de tal forma, que la pareja queda hondamente impresionada, por la Armoní­a que desprendí­a la joven en cada gesto y movimiento... 

Pasa un tiempo y la pareja de occidentales siguen impresionados por tal Perfección... Entonces el amigo japonés les dice que la joven es solo una principiante, que el Maestro les sirvió después, con tal Perfección, que les pasó absolutamente desapercibido... Cerré el Libro y, entonces, ¡Lo recordé todo!... Recordé a la Maestra del Vací­o, sus Cuatro Escenas, y el toque Maestro de Dominio del Shunyata al final... 

¡Qué Regalo! La Historia del Libro se quedaba corta ante la destreza de esta Maestra, pues Esta habí­a hecho el papel de Aprendiz, me habí­a impresionado muy intensamente en Tres Escenas posteriores para, a continuación, desaparecer plenamente de mi Consciencia sin dejar huella... 

Esto iba mucho más allá de lo realizado por el Maestro aquel de Kyoto quien, aprovechando el impacto que la Principiante habí­a causado en la pareja, El les habí­a servido posteriormente pasando desapercibido...

Abrí­ de nuevo el Libro, pero no encontré el Capí­tulo. Miré el I­ndice: Pero 
Te: VirtualidadꞋ no aparecí­a. Revisé el Libro durante una hora, más o menos, y ¡Nada!... lo que sí pude comprobar fué que el Texto invisible que habí­a visto tení­a el mismo tipo de Letra, incluso la Letra del Tí­tulo era igual.... 

¡Había leí­do un Capítulo invisible, inexistente! Una amiga compró ese mismo ejemplar, el único que quedaba en esa Librerí­a, lo leí­ entero y me decepcionó. Efectivamente el Capí­tulo no estaba. Le dediqué el Libro a esa amiga, con el Capí­tulo invisible incluido...

Días después me llegó una carta que Shigueru me había enviado con una foto hecha aquel dí­a y... ¡La Maestra aparentaba unos 56 años, o quizás más, y no era nada atractiva... ¡Qué Maestr­a! ¿Cómo pudo realizar la Primera Escena mostrando tanta Belleza y Juventud? ¿Y el toque Maestro final desapareciendo de mi mente, después de haberme impactado tanto sensorialmente durante varias horas?


Varios años después encontré la misma Historia del Capí­tulo inexistente, que ví­ proyectado en la obra de Okakura, en un Libro de Antonio Blay Fontcuberta titulado Los Yogas, de Editorial Cedel. La historia es contada por Blay en el Capí­tulo dedicado al Zen y, evidentemente, el Tí­tulo no era 
Te: Virtualidad ni el tipo de Letra era el mismo. 

La Historia era más light que la del Capítulo invisible, pues en ella el amigo japonés sólo señalaba la posibilidad de que un verdadero Maestro les hubiera servido sin dejar rastro en la Consciencia.

El Mensaje: Veamos ahora el Mensaje que nos da esta Maestra. Ella Representó las Cuatro Variedades básicas extremas de impactos que nuestra psique puede recibir en la relación humana, en cualquier tipo de ambiente social normal. 


El Mensaje que nos da con su ejemplo es el de vivir Plenamente Desapegados a los fenómenos de los Tres Mundos del esfuerzo humano en los que podamos estar inmersos... Vivir centrados en el Shunyata, sin reaccionar ni ser afectados en cualquier tipo de ambiente social. Con su ejemplo nos Enseña la Maestría que se ejerce desde la Vacuidad sobre los Tres Mundos del esfuerzo humano -fí­sico, emocional y mental. 

Te: Virtualidad nos enseña que toda Ceremonia o Ritual es solo un medio -Virtual- de hacer consciente a nuestro Inconsciente, adentrándonos en un Ritmo que nos Abre a lo Real, al Noúmeno que subyace en todo Fenómeno. 

Las Representaciones fueron escenas virtuales que ocultaron la edad, apariencia y personalidad real de la Maestra. Virtual también significa con efecto retardado... Y es evidente que el toque Maestro hizo que tuviera un efecto retardado sobre mi Consciencia!...

Solo pude recordar todo al leer aquel Capítulo etérico mostrándome la Esencia del Cha no yu. Ahora bien ¿Cual es la personalidad de Aquel o Aquella que mora en el Vací­o? Evidentemente quien mora en el Vacío puede Representar cualquier papel y actuar también como un Espejo.

Bhagawan Sri Sathya Sai Baba nos dice que la Maestrí­a en la Meditación nos puede servir para cometer un crimen perfecto... Es decir que el Dominio del Shunyata no nos da la Iluminación, es algo frí­o. Solo a través de la Devoción, el Amor y la Caridad se puede atraer la Arul, Anugraha o Divina Gracia... 


Solo entonces penetramos en el Maha-Shunyata. Por ello Daisetz Teitaro Suzuki, habiendo domesticado el Shunyata, es decir, habiendo despertado en el Nivel de la Gran Ignorancia -daisetz-, se dedicó a la práctica del Nembutsu en la Ultima Etapa de su Vida. 

El Nembutsu es la practica Devocional Budista, la Repetición del Nombre de Amida Buda, Ambita Abha o Amitayus, el Buda de la Luz Infinita. Lo que podía aparentar un retroceso en su Práctica no lo era en modo alguno. 

El Dominio de la Vacuidad se puede lograr a través del Adiestramiento Zen, Maha Mudra Tibetano o Kriya Yoga; pero la Gracia del Gran Vací­o Meta-Cósmico que es lo Absoluto, la Suprema Luz de la Gracia -Arul Perun Yoti- solo Desciende sobre un Sadhaka lleno de Devoción, Compasión, Amor y Humildad.

Hay quien siendo ignorante cree que sabe algo. Quien esto escribe sabe que es ignorante y que aún no ha despertado al nivel de la Gran Ignorancia -daisetz-... A ese estado donde el Dominio del Vací­o es una Realidad Práctica.




Diseño|Arte|Diagramación: Pachakamakin
Portada: Pachakamakin