Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas

11.11.2013

ARGENTINA, UNA INMENSA TRADUCCION

Por Julio Woscoboinik
+Notas de Alejandro Patat en ADN Omni







La traducción literaria en la Argentina -afirman en los últimos años casi por unanimidad todos aquellos que la han estudiado o practicado- no es un factor al margen de la identidad cultural del país, sino uno de los pilares sobre los que se funda tal identidad. Sin traducciones pensadas, programadas y elaboradas por argentinos a lo largo de dos siglos, nuestra cultura sería otra o probablemente no sería. Anna Gargatagli y Patricia Willson han ejemplificado de manera magistral cómo la busca de un estilo propio de nuestros escritores ha sido y es inescindible de la vasta experiencia en el campo de la traducción.



DOS IDEAS INCONCILIABLES

Si se me permite una síntesis brutal, creo que es posible reducir todos los debates modernos sobre la Traducción, fuera y dentro de nuestro país, a dos grandes polos inconciliables. A la primera posición, férrea en su afán totalitario, la llamaría "semiótica", porque considera la Traducción un acto comunicativo, susceptible de ser catalogado minuciosamente en una serie finita de fenómenos. 

Quienes levantan esa bandera están persuadidos de que la Traducción es una práctica codificada, que implica determinados procedimientos y estrategias, aplicables en los distintos casos que todo Texto presenta. Para ellos, el traductor es un técnico que ejercita una labor mecánica con mayor o menor desenvoltura. 

Hoy existen Asociaciones, Colegios de Traductores públicos, Carreras específicas, Publicaciones y Congresos de Traductología en Universidades de todo el mundo. En estas instituciones han nacido verdaderos grupos "fundamentalistas", que excluyen de la órbita de la "buena" Traducción a quienquiera no haya recibido su formación, y que congelan, por lo tanto, el concepto de la Traducción como profesión.

Del otro lado, en continua posición de combate o, peor aún, con agresiva indiferencia a la idea de la profesionalización, se ubican los que defienden la perspectiva de la Traducción como un hecho que yo llamaría "estético". Como es razonable, quienes sostienen este otro postulado ahondan sus raíces en los primeros debates filosóficos y religiosos para llegar a la idea de Traducción como producto artístico, con sus propias convenciones y poéticas. 

Para estos últimos, es inútil que un Traductor conozca las abstrusas taxonomías que la Tradición académica difunde sin cesar y que cambia según los caprichos de las modas universitarias. El acto de traducir, argumentan, se basa en un trabajo de excavación en la propia lengua, con agotadoras intuiciones explorativas y experimentales. La Traducción esconde las mismas insidias de cualquier actividad artística, y el Traductor enfrenta plenamente los desafíos de la Escritura.



PROBLEMAS

Dado que he optado por la brutalidad, espero se me conceda otra síntesis. La ya casi infinita biblioteca acerca de la Traducción guarda en realidad un engaño. Como la Filosofía, la Traducción vuelve siempre a los primeros interrogantes, que, son, desde ya, irresolubles. Según Franco Buffoni, el mayor estudioso de la Traducción en Italia, Director de la magnífica Revista Testo a Fronte, todos esos interrogantes se han presentado a lo largo de la Historia como ejes binarios de carácter opositivo. 


Libertad|sumisión; traición|fidelidad; estilización|literalidad; sentido|palabra; domesticación|extranjerización, son algunos de los ejes claves que dieron lugar a las diversas Tipologías traductivas que Antione Berman ha examinado en su brillante Ensayo La traduction et la lettre ou l'auberge du lointain. Más allá de estos excelentes materiales, propongo -modestísimamente- otro Camino.



UN ESTUDIO POR CASOS

En distintas oportunidades, ya sea en el café o en las aulas universitarias, me he visto obligado a discutir acaloradamente sobre uno de los lugares comunes más difundidos en nuestro país: el hecho de que la Cultura argentina es el resultado de una conmixtión original de ideas y soluciones que provienen de Francia o de Inglaterra. La idea de una elite cultural filofrancesa y filoinglesa ya en el siglo XIX no me parece discutible. Demasiados testimonios lo confirman.

Ahora bien, si en vez de concebir las Traducciones argentinas del inglés y del francés como hegemónicas y paradigmáticas nos detuviéramos a pensar aquello que deriva del contacto de nuestra Literatura con otras Lenguas, obtendríamos nuevas perspectivas y cuestiones. Dado mi limitado conocimiento, querría ilustrar sólo algunos fenómenos que resultan del contacto entre la Literatura italiana con las Tradición traductora de nuestro país.

Insisto, todavía no existe una Historia de la Traducción en la Argentina, pero si existiera, debería organizarse por "casos", y debería tener en cuenta esas otras empresas no tan marginales que los argentinos emprendieron más allá de las Literaturas inglesa y francesa. Los "casos" son simplemente los distintos modos de haber entendido y ejecutado la práctica de Traducción.



LA TRADUCCIÓN POLÍTICA

Los Románticos, se sabe, abrazaron la idea de la Traducción como gesto iluminista, como arma capaz de borrar las fronteras y de universalizar las ideas fundacionales de la modernidad. En la Argentina, la Traducción de las Tragedias de Alfieri o de las Novelas de Foscolo y Manzoni significó dar a conocer la catástrofe italiana, especular de la argentina, en cuanto naciones en busca de una auténtica libertad. 

La apropiación política de esos Textos claves de la Literatura italiana del Siglo XIX fue fundamental también para la Generación del 80, que vio a Italia no como nación-modelo, sino como nación-hermana. Quizás éste sea uno de los motivos por los cuales los Lectores argentinos de hoy siguen leyendo las grandes Obras inglesas y francesas del Siglo XIX como Obras "maestras" de mundos acabados, pero desconocen en general esas Obras italianas. 

Porque fue su circulación en Traducciones políticas, demasiado apegadas a las urgencias históricas de nuestro país, la que no permitió ni siquiera entrever los motivos por los que esas mismas Obras son imprescindibles en Italia: su innovación formal y su grandiosa experimentación lingüística.

No será la primera ni la última vez que los Textos italianos entrarán por la puerta de la política -Gramsci, por mencionar el caso más importante del Siglo XX-, para desatender la imponente grandeza estética de sus Escritos.



LA TRADUCCIÓN DEMIÚRGICA

La Traducción de La Divina Comedia, hecha por Bartolomé Mitre, sufrió los embates violentos de los irreverentes jovencitos reunidos en torno a la Revista Martín Fierro, allá por los años veinte. Desde entonces, la versión del Poema dantesco ha sido injustamente olvidada o denigrada. Sin embargo, la Traducción de Mitre ha tenido un rol imprescindible en nuestro país, nos guste o no nos guste su versión. 


¿Por qué? Porque al cabo de largos años de trabajo, que van desde 1891 hasta 1897, considera su propia versión a la par del Original. Es más, antepone al Texto una Teoría del traductor e incluye cientos de Notas a la Traducción -y no al texto-. Todo eso implica que estamos leyendo La Divina Comedia de Mitre, más que la de Dante.

Traducción demiúrgica significa que el Traductor se sobrepone al Autor. Porque si éste construye y crea, el segundo se sumerge y penetra en el Misterio de la creación.



LA TRADUCCIÓN POR IDENTIFICACIÓN
"La tarea del escritor no es imaginar sino percibir", sentenció Proust. 

Propongo que el predicado se aplique plenamente a la tarea del Traductor. "Un traductor debe primeramente perder y luego recuperar su propia identidad", afirmaba Elsa Gress, escritora danesa, en ese precioso volumen sobre la Traducción que la Revista Sur publicó en 1977. 

La Argentina ofrece muchos casos de escritores abocados a la percepción sutil de una Obra imaginada por otro. La llamaré Traducción por Identificación. A tal punto que un Traductor de este tipo sufre una especie de ensimismamiento y apropiación de una identidad ajena, cuyo síntoma final consiste en transformarse en alter ego del Autor. 

Permítaseme contar una anécdota curiosa. Cuando en 1997 traduje junto con Carlos Ripso una Antología de Montale, no preví que esa acción, efectivamente audaz y osada, despertaría las justas sospechas de Horacio Armani, el famoso Traductor de Montale en la Argentina. Nuestra operación no guardaba ningún rencor contra aquel Texto excelente que había circulado y sigue circulando notablemente en nuestro país. 

Armani, sin embargo, no concebía que existieran dos versiones simultáneas. La paradoja -lo descubro después de años- es que muchas veces la nueva identidad del Traductor es tan perfecta que termina por velar la del escritor mismo, y no viceversa.



LA TRADUCCIÓN QUE DA VOZ

En aquel Número inolvidable de Sur, Tres Textos subyacen a las discusiones de los latinoamericanos que participaron del volumen: la famosa diatriba Newman-Arnold en torno a la intraducibilidad de Homero, el Artículo Miserias y esplendores de la traducción, de Ortega y Gasset, de 1937, y el notable Ensayo de Octavio Paz, Traducción: literatura y literalidad, publicado en Barcelona en 1970.

Ortega había esclarecido la diatriba acerca de la intraducibilidad de todo Texto, desplazando la imagen banal de la inadecuación de los códigos retórico-semánticos de una Obra clásica hacia una disquisición mucho más fina acerca de lo que una Lengua manifiesta o acalla.

Cada Lengua es una ecuación diferente entre manifestaciones y silencios. Cada pueblo calla unas cosas para poder decir otras. Porque todo sería indecible. De aquí la enorme dificultad de la Traducción: en ella se trata de decir en un Idioma precisamente lo que este Idioma tiende a silenciar.

A estas alturas, habría que pensar el rol esencial que cumplieron en la dictadura argentina algunos Textos de Pavese, escritos también ellos en clave durante el fascismo. La influencia de Pavese entre la generación de escritores como Piglia o Saer es notoria, pero todavía no se ha hecho hincapié en todo lo que la Literatura argentina "dijo" a partir de los Escritos de Pavese. 

O si se quiere, basta con leer muchas de las versiones de Rodolfo Alonso y Pablo Anadón para comprender cuántas más cosas dijo nuestra Poesía a partir de la Poesía italiana del Siglo XX.



LA TRADUCCIÓN REIVINDICATIVA

Digamos que la reivindicación del Estatuto de las Lenguas coloniales respecto de la Lengua de la Madre Patria acompaña los debates desde la Independencia hasta nuestros días, con las posiciones que ya conocemos, y que van de un extremo al otro.

Lo cierto es que la Industria Editorial de los últimos años en Lengua castellana, como resulta del hermoso volumen La traducción literaria en América Latina, compilado por Gabriela Adamo, ha privilegiado la variedad ibérica a la hora de difundir Textos en Lenguas extranjeras. 

No se trata sólo de una política lingüística normativa, ciega ante un Público masivo latinoamericano que tiene problemas tangibles para digerir las Traducciones españolas. Con el pase de las grandes Editoriales argentinas a manos españolas, se trata más bien de una cuestión de política editorial. 

Uno de los más espinosos es la circulación inquietante de Traducciones argentinas manipuladas. Como señala Gargatagli en el volumen recién citado: 

"A partir de 1976, se trasladaron a España catálogos enteros de las empresas argentinas que iban desapareciendo y las Traducciones nacionales pasaron a ser un inmenso borrador que podía corregirse, plagiarse, editarse, denigrarse, peninsularizarse y enviarse otra vez a la Argentina".

A este propósito resulta imperdible el Ensayo de Andrés Ehrenhaus, incluido en el volumen. Argentino exiliado y radicado en España desde hace décadas, Ehrenhaus, se reconoce Traductor "huésped" en la Lengua de España. A las objeciones de sus connacionales por la adaptación de la propia variedad lingüística replica que, a fin de cuentas, cualquier manipulación o sumisión de la propia variedad a la normativa peninsular implica siempre un desborde, una filtración, un desangrarse de la Lengua materna, que deja sus huellas y sus manchas.

Cuando en los años Noventa Antonio Aliberti, poeta argentino nacido en Sicilia, concluyó sus Traducciones de Leopardi, confesándome que ese enorme trabajo lo había purificado y lo había preparado para su muerte inminente, no imaginaba quizá que su versión del monumental poeta italiano nos quedaría como testimonio maravilloso de esa Lengua particular que los argentinos construyeron con el aporte de los inmigrantes italianos.



LA TRADUCCIÓN COMO COMPENSACIÓN

Sin embargo, los argentinos no deberíamos olvidar tan a menudo que la Lengua que hablamos tiene una larga Historia, que no está hecha sólo de glorias, "el bronce de Francisco de Quevedo", según rezan los versos de Borges. 

En 1971, en Nueva York, el Político, Periodista e Historiador catalán Víctor Alba [1916-2003], militante del Partido Comunista español, preso por el franquismo en Alicante y luego en Barcelona, exiliado en México y luego en Estados Unidos, fue invitado a participar de unas importantes jornadas sobre Traducción. 

El original Escrito de Alba, recogido por Sur, razona en torno a un Tema ajeno a la Cultura norteamericana, pero impelente en el caso de la Lengua española: nuestra Lengua ha hecho siempre las cuentas con contextos dictatoriales, dominados por el control y la censura de Estado. El Traductor no ha sido indemne a los juegos acrobáticos de la Lengua y a las paráfrasis disuasivas.



LA TRADUCCIÓN IDEOLÓGICA

Los años Setenta fueron propicios para la ideologización de la práctica de Traducción, cuyo principal problema pasó a ser la cuestión de la traducibilidad cultural. En esos años, la Revista Pasado y Presente, en Córdoba, al traducir los Cuadernos de la cárcel, de Gramsci, planteó el siguiente problema: 

¿Hasta qué punto los postulados y las ideas relativas a la realidad italiana son traducibles en América Latina? ¿Conceptos como hegemonía o intelectual orgánico significan la misma cosa de un lado y del otro del Atlántico? 

El debate no era otra cosa que la Traducción del propio debate que Gramsci había generado en sus Cuadernos, donde se preguntaba si las Literaturas populares francesa y rusa del Siglo XIX eran del todo traducibles en la Italia del mismo período. La Historia de las ideas en América Latina ha sido, de por sí, una respuesta a la cuestión.



LA TRADUCCIÓN COMO EXPERIMENTACIÓN

Patricia Willson, en La Constelación del Sur, ha trazado un panorama de las Traducciones argentinas del Grupo Sur, analizando las soluciones de Victoria Ocampo, José Bianco y Jorges Luis Borges. De las innumerables intuiciones críticas de la ensayista, rescato aquí una en particular: la idea de que la traducción fue y es en la Argentina un Laboratorio estilístico, cuyo ejercicio de reescritura traductiva termina por filtrarse en las Obras.

A los Tres Modelos que Willson propone, yo les sumaría las soberbias interpretaciones de Enrique Pezzoni de algunos Textos italianos, que no han recibido hasta ahora la misma atención que sus Textos críticos. Porque no habría que olvidar la bella metáfora de Jaime Rest en su ensayo Reflexiones de un traductor:

El Texto original es siempre una partitura que atesora en su silencio la forma ideal de la composición: el Traductor no en vano es un intérprete, un ejecutante de la partitura.



LA TRADUCCIÓN COMO SAQUEO

He dejado deliberadamente para el final la visión de la Traducción como saqueo, idea que Borges ha injertado en nuestra Cultura. Para Ricardo Piglia, el germen de las ideas borgeanas se halla en la Traducción desviada del epígrafe "On ne tue point les idées" del Facundo, que Sarmiento atribuye equívocamente a Fortoul en vez de Diderot, y que traduce "mal" en la Edición de 1845: 

"A los hombres se los degüella, a las ideas no". 

Allí estaría la vocación apócrifa de nuestra Literatura. 

Las distintas posiciones de Borges en torno a la Traducción han sido analizadas puntualmente por Sergio Waisman. Así, la célebre frase de Borges:

"El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio",

hoy incluida en Discusión , lo llevó a afirmar que:

"La superstición de la inferioridad de las traducciones -amonedada en el consabido adagio italiano- procede de una distraída experiencia". 

Éstos serían los corolarios que conducen a la idea de Traducción como falsificación, distorsión, desdoblamiento, apropiación, saqueo. Al final de su carrera, en El oficio de traducir, en 1975, Borges afirma -expandiendo aún más las infinitas posibilidades de la Traducción- que ésta no es sino una forma de "sentir el universo".

Si Borges se apropió de una gran cantidad de Textos escritos en otras Lenguas, será útil saber que en 1965 se negó a aceptar la invitación de los intelectuales latinoamericanos a traducir La Divina Comedia. 

Claudia Fernández Greco, estudiosa de la Universidad de Buenos Aires, está llevando a cabo un análisis titánico de las Traducciones de Dante en la Argentina y acaba de aportar una interesante interpretación de esa negativa. Porque una Literatura está hecha también de Textos que nunca existieron.


FINAL

En 1958, Juan Rodolfo Wilcock se encuentra en Londres, lugar que había elegido para escapar de la Argentina reducida al enfrentamiento entre peronismo y antiperonismo. 

Desde su exilio voluntario, escribe cartas desesperadas a Miguel Murmis, a quien había conocido y frecuentado en Buenos Aires. Y entre notas personales, agrega críptico: 

"Veo la Argentina como una inmensa Traducción". 

Wilcock, el amigo íntimo de Silvina Ocampo, que se había enemistado con Victoria, deja suspendida esta idea. Creo que con esta frase Wilcock quiso subrayar que lo que más añoraba de Buenos Aires era el espíritu cosmopolita de esos años, visible en la vocación omnívora por la Traducción. 

La suya era una consideración elegíaca de aquello que había dejado para siempre. Su destino romano, así como su pasaje deslumbrante a la Literatura italiana en breves años, no hubieran sido posibles sin ese recurrente Sueño argentino, que consiste ante todo en traducir.



Diseño|Arte|Diagramación: Pachakamakin

9.11.2013

EL ALEPH

Por Jorge Luis Borges
O God, I could be bounded in a nutshell
and count myself a King of infinite space.

Hamlet, II, 2

But they will teach us that Eternity is the Standing 

still of the Present Time, a Nunc-stans (ast the 
Schools call it); which neither they, nor any else 
understand, no more than they would a Hic-stans
for an Infinite greatnesse of Place.
Leviathan, IV, 46




La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. 


Consideré que el treinta de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos. Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo, la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.

Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces, no dejé pasar un treinta de Abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho, con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri.

Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar -si el oxímoron [*] es tolerable- una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. 

A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene -como Beatriz- grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. "Es el Príncipe de los poetas de Francia", repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas."

El treinta de Abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno.

-Lo evoco -dijo con una animación algo inexplicable- en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...

Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro Siglo XX había transformado la Fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora, convergían sobre el moderno Mahoma.

Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin reclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero, abría las compuertas a la imaginación; luego, hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe [**].

Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera breve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción:

He visto, como el griego, las urbes de los hombres,
los trabajos, los días de varia luz, el hambre;
no corrijo los hechos, no falseo los nombres,
pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre.

-Estrofa a todas luces interesante -dictaminó-. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo -todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesía didáctica-, no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero -¿barroquismo, decadentismo; culto depurado y fanático de la forma?- consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto, francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfadados envites de la facecia.

Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite, ¡Sin pedantismo!, acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos de apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano... Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!

Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso. Nada memorable había en ellas; ni siquiera las juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otros. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, trasmitir esa extravagancia al poema [1].

Una sola vez en mi vida he tenido ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. 

Este se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del Estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al Norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la Parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calle Once de Septiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa:


Sepan. A manderecha del poste rutinario,(viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)
se aburre una osamenta -¿Color? Blanquiceleste-que da al corral de ovejas catadura de osario.

-Dos audacias -gritó con exultación-, rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito. Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. 

Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector; se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo, blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.

Hacia la medianoche me despedí.

Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri -los propietarios de mi casa, recordarás- inaugura en la esquina; confitería que te importará conocer". 

Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el "salón-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas, el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz -que, sin duda, ya conocía- y me dijo con cierta severidad:
-Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores.
Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, "que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censuró la prologomanía, "de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios". 

Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar en el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. 

Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, "porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad". Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro.

Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Álvaro, sino el Jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. -No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase-. Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo, describiría el curioso plan de la obra. 

Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: 

a) hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz -ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla- había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; 

b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.

A partir del Viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizá coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente, nada ocurrió -salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.

El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de Octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.

-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay!-repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.

No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo; además, se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.

El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri dijo que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.

-Está en el sótano del comedor -explicó, aligerada su dicción por la angustia-. Es mío, es mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.
-¿El Aleph? -repetí.
-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.

Traté de razonar.

-Pero, ¿No es muy oscuro el sótano?
-La verdad no penetra en un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.
-Iré a verlo inmediatamente.

Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbo, por lo demás... Beatriz -yo mismo suelo repetirlo- era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.

En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía -más intemporal que anacrónico- el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:

-Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.

Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.

-Una copita del seudo coñac -ordenó- y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!

Ya en el comedor, agregó:

-Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.

Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio preciso.

-La almohada es humildosa -explicó-, pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.

Cumplí con sus ridículos requisitos; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa; la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco, tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿Cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur -No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph-. 

Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa -la luna del espejo, digamos- era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del Universo. 

Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto -era Londres-, vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página -de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche-, vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio -y la letra me hizo temblar- cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible Universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima.

-Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman -dijo una voz aborrecida y jovial-. Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!

Los zapatos de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:

-Formidable. Sí, formidable.

La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:

-¿Lo viste todo bien, en colores?

En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli, que a nadie ¡Créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme, y le repetí que el campo y la serenidad son dos grandes médicos.

En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido. 



Posdata del primero de Marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de "trozos argentinos". Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura [2]. 

El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero, al doctor Mario Bonfanti; increíblemente, mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma -no entorpecida ya por el Aleph- se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.

Dos observaciones quiero agregar: una, sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al disco de mi historia no parece casual. Para la Cábala, esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes. 

Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó,aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los textos innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca, yo creo que hay -o que hubo- otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.

Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en Julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zú al-Karnayn, o Alejandro Bicorne, de Macedonia. 

En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres -la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre -1001 Noches, 272-, el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la luna -Historia verdadera, I, 26-, la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlin, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" -The Faerie Queene, III, 2, 19-, y añade estas curiosas palabras: 

"Pero los anteriores -además del defecto de no existir- son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la Mezquita de Amr, en El Cairo, saben muy bien que el Universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... La mezquita data del Siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".

¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.


A Estela Canto.

FIN 




Arte: Athos Luca
Diseño|Arte|Diagramación: Pachakamakin



CITAS:


[1] Recuerdo, sin embargo, estas líneas de una sátira que fustigó con rigor a los malos poetas:

Aqueste da al poema belicosa armaduraDe erudicción; estotro le da pompas y galas.Ambos baten en vano las ridículas alas... ¡Olvidaron, cuidados, el factor HERMOSURA!

Sólo el temor de crearse un ejército de enemigos implacables y poderosos lo disuadió -me dijo- de publicar sin miedo el poema.


[2] "Recibí tu apenada congratulación", me escribió. "Bufas, mi lamentable amigo, de envidia, pero confesarás -¡aunque te ahogue!- que esta vez pude coronar mi bonete con la más roja de las plumas; mi turbante, con el más califa de los rubíes."

[*] Oxímoron: Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido. Ejemplo: "un silencio atronador".

[**] Apóstrofe: Figura que consiste en dirigir la palabra con vehemencia en segunda persona a una o varias, presentes o ausentes, vivas o muertas, a seres abstractos o a cosas inanimadas, o en dirigírsela a sí mismo en iguales términos.

3.01.2013

ESCUELAS EN EL SIGLO XXI

Por Mónica Beltran
Sus Artículos en ADN CreadoreS






Esta semana, en pleno verano, 11 millones de chicos acalorados volverán a colocarse el uniforme o el guardapolvo blanco para ingresar a aulas repletas de computadoras, pizarras electrónicas y hasta cámaras de televisión, elementos que se enmarcan en una política pública cada vez más orientada a lograr la inclusión digital de los estudiantes. Pero en las Escuelas siguen sin resolverse los interrogantes de siempre. ¿Cómo se hace para que los alumnos aprendan? ¿Cómo se logra que estén concentrados y valoren el Conocimiento como un bien que les resultará una Herramienta fundamental en la vida adulta? 

Los Avances Tecnológicos entraron en la Escuela para quedarse y abrieron de par en par las puertas del otrora Templo del Saber. La información rápida y no siempre confiable de lo que pasa en el mundo puebla la cabeza de los estudiantes, pero ese cambio, lejos de solucionar los problemas del Aprendizaje, creó nuevos interrogantes.

La Escuela Tradicional, con sus tiempos claramente establecidos; la hora de ingreso, el acto de izar la bandera, el timbre para el recreo, se lleva mal con la flexibilidad de las Nuevas Tecnologías. Hay Maestros que terminan pidiendo a sus Alumnos que no traigan más la Netbook a clase porque se frustran intentando que los chicos les presten atención.

Los tiempos del Aula y los de la Vida Cotidiana parecen estar divorciados y no tener puntos de encuentro. 
“El marcapasos social no está más hegemonizado por la formación del ciudadano. Todas las instituciones están en crisis: la escuela y la familia. Hoy los tiempos que valen son los del consumo. Los chicos están formándose, pero no como ciudadanos, sino como consumidores. Las Nuevas Tecnologías se adaptan a los niños, que las usan con naturalidad. Para no son Herramientas, sino su Cultura. Todo fluye, no hay fronteras, y el horario y las reglas de la Escuela representan una frontera”, opina el psiquiatra infantil Juan Vasen.
La Profesora de Psicología y Ciencias de la Educación, Analía Segal, puntualiza que la Escuela históricamente tuvo problemas con el afuera y el adentro. 
“Antes de que llegaran las Netbooks el Tema era el celular. Los tiempos de la Escuela no son los de la red. Hay que sostener la diferencia. Con estas políticas de inclusión digital, sanamente, se obliga a los docentes a preguntarse cuál es esa diferencia entre la Escuela y el Afuera”.
Para la especialista en didáctica y Coordinadora de Calidad Académica de la UADE, María Laura Barsabe, la Escuela: 
“Sigue siendo la principal Agencia de Transmisión Cultural”. Lo que el uso intensivo de Medios Digitales genera son “nuevas demandas y posibilidades en tres aspectos: en los modos de aprender, lo que se enseña y cómo se enseña”. “Dado que la mente humana funciona a partir de Herramientas Externas en las que se apoya para operar, el uso de Recursos Digitales desde una edad cada vez más temprana da lugar a nuevos modos de conocer y Habilidades Cognitivas que la Escuela no puede ignorar. Su uso intensivo en la Vida Cotidiana obliga a incorporar el manejo de estos Lenguajes como parte de la experiencia formativa. Las tics impactan en el Currículum, no sólo generando nuevos Contenidos, sino redefiniendo la Enseñanza”, dice.
“El problema no es la cantidad de tiempo que el Alumno está en el Aula sino lo que se hace con él, apunta Barsabe. “La Atención nunca es constante, fluctúa. Por ello, el trabajo en el Aula requiere Variaciones de actividad y formatos dentro de un segmento de tiempo, en mayor medida cuanto más pequeños son los niños”.
¿Qué significa estar concentrado? “Es impensable que un chico pueda estar 120 minutos concentrado y luego tener sólo cinco de recreo. Ni siquiera los adultos podemos estar ciento por ciento focalizados en una sola actividad tanto tiempo”, apunta Vasen. En Capital, el año pasado la mayoría de las Escuelas Primarias empezaron a trabajar con módulos horarios más extensos y sólo dos recreos en la jornada simple de cuatro horas.
“El horario fijo para todos los Grupos Escolares y para cada día responde a razones organizativas, desde el punto de vista didáctico un uso más flexible del Tiempo permitiría dar una mejor respuesta a las necesidades de la Enseñanza y el Aprendizaje”, señala Barsabe.
Desde la Universidad Pedagógica (UNIPE) Fernando Bordignon, director del Laboratorio de Medios, opina que:
“Estamos inmersos en una Revolución y, como somos parte de ella, no nos damos cuenta de lo que pasa alrededor”. A la UNIPE asisten 2.350 Docentes bonaerenses en actividad, que buscan Formarse y Actualizarse. El año pasado se entrevistó a 700 Docentes sobre los usos de las Netbooks en el Aula. “Si bien todos recibieron las Netbooks con alegría, hay críticas por el tiempo que le lleva al Profesor incorporar esto en el Aula. La Formación de los Docentes tiene que salir de una Etapa Instrumental y pasar a una de reflexión y comprensión sobre cómo cambió la sociedad en los últimos treinta años”, precisa Bordignon.
Para su colega Rosa Cicala, especialista en Enseñanza de las Ciencias, hay investigaciones sobre la integración de las tics en Enseñanza de la Matemática que concluyen que el freno mayor de los Docentes es cómo gestionar el Tiempo. 
“Al integrar las Computadoras en la clase de Matemática los Profesores perciben que no pueden controlar el Tiempo Didáctico. Un Profesor puede anticipar cómo organizará una Clase Tradicional, realizando una distribución temporal del Conocimiento que desea enseñar, pero no ocurre lo mismo al desarrollar Actividades que no formaron parte de su vida de Estudiante ni de su vida profesional como Docente”. La experta recomienda la modalidad de trabajo de tipo taller que genera un ambiente propicio para desarrollar propuestas más flexibles.
En provincias como Buenos Aires, Córdoba y Río Negro, hay Escuelas que abren sus puertas los fines de semana o a contraturno para permitir a los jóvenes realizar Actividades más bien recreativas que favorecen la retención escolar. En Río Negro, explica el Ministro de Educación, Marcelo Mango, este año se va a incorporar la Jornada Completa de ocho horas al 30% de la Matrícula Escolar, con la prioridad puesta en el Tercer Ciclo de la Educación Primaria (Sexto y Séptimo Grado). 
“Queremos que terminen la Escuela y que estén interesados en Aprender. El principal problema de la Provincia es el abandono en el Primer y Segundo Año del Secundario, donde perdemos el 50% de los chicos”, admite el ministro rionegrino.
Con la plata no alcanza. Argentina invierte el 6,5% del PBI en Educación y, según el Director del Area de Educación del CIPPEC, Axel Rivas, pasó de estar en el Ranking Mundial de Inversión Educativa del puesto 81 en el año 2005, al 19 en la actualidad. Pero esa Inversión, que se tradujo en mejores salarios docentes e infraestructura escolar, no arrojó resultados claros de mejora de la calidad de la Enseñanza y los Aprendizajes.

El Estado argentino entregó ya más de dos millones de Netbooks en Escuelas Secundarias, de Educación Especial y Profesorados y, además de continuar con esta política, anunció que creará Aulas Digitales en los Colegios Primarios. Antes de fin de año dotará a la totalidad de las Escuelas Urbanas con un Aula en la que habrá Netbooks, Pizarra Electrónica, un Servidor y una Cámara, para que los chicos de Primaria puedan también trabajar con un entorno digital.

En Río Negro las Aulas Digitales están llegando con fondos provinciales hasta el Jardín de Infantes. “El 50% del Nivel Inicial tendrá este año Aulas Digitales”, dice el ministro Mango, un Profesor que fue dirigente de la CTERA.

Las Aulas Digitales son una propuesta nueva que puso en escena el Ministerio de Educación, parte del Plan de Educación Nacional Obligatorio, un Plan Quinquenal que se extenderá hasta 2016 que Cristina Fernández de Kirchner anunció hace unas semanas.

El anuncio incluyó también la construcción de tres mil nuevas Salas de Cuatro Años, la duplicación de las Escuelas Primarias de Jornada Extendida en el país y programas específicos de Matemáticas y Ciencias que tiendan a resolver el problema de sobreedad en las Escuelas Primarias. En la Secundaria, para mejorar la permanencia de los chicos, se desarrollarán 300 Nuevas Escuelas con Orientación Artística y 200 deportivas. Se construirán Salones de usos múltiples en establecimientos para poder extender la Jornada Escolar de cuatro a seis horas y permitir Espacios de Reflexión sobre el trabajo docente.
“Este Plan tiene metas bien concretas, no es un discurso ni una declaración de buenas intenciones y eso es positivo, pero muestra un aspecto crítico. No hay una Hipótesis de Cambio. Habla de más horas de clase, más Computadoras, más Escuelas, pero es necesario tener una Hipótesis de Cambio para la Educación Secundaria. Hay que repensar profundamente el vínculo entre los Alumnos, los Profesores y el Conocimiento, eso hay que refundarlo. La Formación Docente es la piedra basal del Sistema Educativo del Futuro, se necesita un modelo de Formación más prestigioso y riguroso. No vamos a necesitar muchos más Docentes en el futuro y, por lo tanto, tenemos la oportunidad de seleccionar a los mejores Aspirantes, tener un Sistema de Formación Docente más riguroso que tenga la capacidad de leer los Cambios, no sólo Tecnológicos, sino también los Cambios Culturales. La Argentina necesita Docentes que interpreten los Cambios y los resuelvan en el Aula, y no un Estado que elabore cambios curriculares cada cinco años”, dice Rivas.
¿Tecnología vs. Arte? Juan Carlos Videla es abogado y docente. Participa hace más de treinta años del Centro Pedagógico de La Plata y que cuenta con una concepción pedagógica experimental y novedosa. Su filosofía se basa en el Arte y el Vínculo Humano y solidario entre Docentes y Profesores. Juan Carlos junto a otros cuarenta colegas integran la Planta Docente del Instituto de Educación Superior Roberto Themis Speroni, una Unidad Educativa Estatal (de Nivel Inicial, Primario y Superior) con Sede en City Bell. Hace ya más de veinte años firma convenios con otras instituciones para asistirlas técnicamente y llevarles su Proyecto Educativo. Hoy trabajan con 28 Escuelas Públicas y Cooperativas de nueve Provincias.

“¿Qué se puede hacer con una Netbook en una Escuela de una villa de emergencia, donde el paco destruye la cabeza de los chicos? Ahí lo que hace falta es el vínculo humano”, dice Videla a Perfil mientras muestra orgulloso las fotos del Centro Educativo Los Hornos, escuelita cooperativa de los alrededores de La Plata a la que asisten con su Pedagogía Experimental y cuya primera Sede se levantó con el aporte económico de los Docentes.

Las Escuelas que cobija este Centro Pedagógico platense tienen promoción sin examen, eligen a sus Docentes en Asamblea de Maestros, internamente funcionan como Escuelas No Graduadas (sin que sus Alumnos repitan de año) y no cuentan con personal de limpieza, ya que Docentes y Estudiantes limpian los establecimientos. 
“Hemos tenido miles de problemas, funcionarios que no comprendían lo que hacíamos, algunos que decían que éramos una secta, pero también miles de padres que eligen año a año estos Proyectos y nos apoyan mucho”, explica Juan Carlos.
La Experiencia del Centro Pedagógico de La Plata fue recogida por la película La educación prohibida, un Largometraje Documental filmado por un equipo de cineastas jóvenes (el director tiene 24 años), producida especialmente para las Redes Sociales y distribuida mediante los principios de Cultura Libre realizada con una producción colaborativa. Los Autores son un grupo de jóvenes de menos de 25 años todos y la película, que cuestiona la Educación Formal, cuenta ya con 800 Proyecciones en 17 países, más de 500 mil descargas y 65 mil en Facebook.

El director de La educación prohibida, Germán Dorín, contó a Perfil que la película está alineada con Autores que piensan que los chicos que entran a la Escuela a los cinco años pierden de a poco su curiosidad y su interés. Algunas de las filosofías pedagógicas recogidas por Dorín incluyen el Método Montessori, la Pedagogía Waldorf, la Escuela Nueva-Activa y los movimientos norteamericanos de home schooling (educación en casa).

Otras experiencias educativas se basan en soluciones relacionadas con crear un Vínculo Docente-Alumno diferente. Es el caso de los once Colegios (religiosos) de la Congregación de las Hermanas de San José. Su Coordinadora Pedagógica, Iris Maimone, se anima a trabajar temas polémicos para una comunidad religiosa como las adicciones y el alcoholismo en la juventud. 
“¿Qué posibilidades de Aprendizajes brindamos a los que llamamos más lentos y qué hacemos con los “rápidos” que se aburren en el Aula?, se pregunta la Profesora Maimone. “¿Cuando un Alumno no responde, debe repetir y hacer lo mismo con otro grupo? El retraso y la precocidad son obstáculos que agudizan los modelos de comunicación que circulan en la Escuela. Los Docentes somos Transmisores de Cultura y tenemos la responsabilidad de intentar convertir el Aprendizaje en algo más interesante, desde un lugar intelectual más productivo y políticamente más fecundo que los que producen la crisis y la fragmentación social”.
¿Cuál es el nuevo rol del Maestro en una Aula hiperconectada y repleta de estímulos de múltiples Tecnologías? Esa es la pregunta que resuena cada vez más en la cabeza de los Docentes y en las discusiones profesionales. 
“Los Profesores todavía no comprenden su Nuevo Papel, no tienen que dar más Información, eso está en la Red, sí tienen que Enseñar a Sistematizar, a pensar, a identificar la buena Información, darle sentido a la Información. Lo que se está teniendo es dificultad en convertir a la Computadora en un medio intelectual, porque hacerlo requiere una organización del Aula diferente”, apuntó, polémica, la investigadora de FLACSO, Guillermina Tiramonti.