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9.11.2013

EL REINO DE LOS SEÑORES DEL ANILLO [1/3]

Por Laurence Gardner







El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien [1] es uno de los Cuentos más encantadores y exitosos de todos los tiempos. Publicado por primera vez en la década de 1950, esta famosa Trilogía podría muy bien haber emanado desde la Edad Media, ya que tiene todas las Cualidades y Atributos de las Más Antiguas Tradiciones del Grial y del Anillo. Esto ha sido posible por el hecho de que Tolkien -un Profesor de Literatura Inglesa y Anglosajona de Oxford- tenía la legendaria Riqueza de las Edades en las yemas de sus dedos y moldeó su Historia en consecuencia. 

Al estudiar la Historia de la Búsqueda del Anillo, su asociación paralela a la Búsqueda del Santo Grial se hace cada vez más evidente, al igual que el origen de las Hadas, Elfos, Duendes, Pixies, Sprites, Gnomos y Goblins. La Tradición del Anillo también está profundamente arraigada en muchos de los mejores y amados Cuentos infantiles y proporciona Datos esenciales detrás de los numerosos Personajes de larga Tradición en la Leyenda popular. 

Las Historias del Grial están generalmente asociadas a los Caballeros Arturianos que vagan por el Wasteland en busca de la Reliquia Sagrada. Pero el Género también representa muchos otros Cuentos de Búsqueda, incorporando Personajes como Cenicienta, Robin Hood, La Bella Durmiente y el Conde Drácula. Cada Cuento tiene su propio Misterio y Fascinación por separado, pero en general no es entendido que todos ellos provengan de una base histórica común que tiene sus raíces en la Antigua Cultura de los Señores del Anillo. 

A pesar de que algunos de los Temas tienen sus Orígenes en una muy Antigua Tradición, la mayoría de estos Cuentos fueron recientemente trasvasados desde las Edades Oscuras en adelante, cuando la Iglesia puso su mira en contra de la Tradición del Anillo. Este fue, especialmente, el caso desde los Tiempos Medievales, cuando la persecución de herejías estaba en su apogeo, lo que lleva a las Inquisiciones brutales que comenzaron en el Siglo XIII. 

Desde alrededor del 4.000 AC., el Anillo era el Dispositivo Principal de los Jefes Supremos Anunnaki, que fueron registrados como siendo responsables por la Creación del Gobierno Municipal y la Práctica Real en la Antigua Mesopotamia. En vista de ello, es de especial relevancia que, en 1967, cuando al Profesor Tolkien se le preguntó sobre el Medio Ambiente de la Tierra Media de El Señor de los Anillos, él escribió que percibió su entorno alrededor del 4.000 AC. 

A este respecto, la Raíz del Cuento Popular de Tolkien fue extraído directamente del folklore sajón y en realidad no era nueva en su Concepto. De hecho, el temprano dios sajón Wotan -el equivalente del Jefe Supremo sumerio Anu- fue dicho que había gobernado los Nueve Mundos de los Anillos, siendo el Noveno Anillo -el Anillo Unico- para gobernar a los otros Ocho.

La Propiedad impugnada del Anillo Unico, como es relatado en El Señor de los Anillos, es algo diferente a la Búsqueda permanente del Santo Grial; ambas son Misiones para el mantenimiento de la Soberanía. Pero, en tanto Realidad y Ficción, el Anillo y el Grial son cada vez malversados ​​por quienes los perciben como Armas de Poder. 

Así como las Generaciones pasan desde la Antigua Mesopotamia y los Tiempos Egipcios, el ideal de la Monarquía Dinástica se propagó a través de las Tierras del Mediterráneo en los Balcanes, en las Regiones del Mar Negro y Europa. Pero, en el curso de esto, la esencia crucial de la Antigua Sabiduría se perdió y esto dio lugar a Dinastías que no eran de la Raza Original reinante. En cambio, muchos no estaban relacionados con los Jefes Guerreros que ganaron sus Tronos de Poder por la fuerza de la Espada. 

La Cultura Sagrada de los Antiguos era, sin embargo, mantenida en la Línea Mesiánica del Rey David, de Judá -alrededor de 1.008 AC.-, cuyo significado se encontraba en su Herencia faraónica, no en el comúnmente retratado descenso desde Abraham y la cepa shemita. Fue a causa de esta Herencia particular, que el hijo de David, Salomón, el Sabio, fue capaz de crear su Proyecto de Templo estilo egipcio en Jerusalén.

Esto llevó a un Renacimiento de la Tierra Santa de lo faraónico y, en un tiempo, del Movimiento Rosacruz de la Mesopotamia, en el tiempo cuando Egipto fue acosado por las influencias extranjeras, primero desde Libia, Nubia y Kush, y después de más lejos. De consiguiente, de los Arreglos Matrimoniales Tradicionales de los Faraones y Princesas se dio paso a las alianzas diplomáticas. 

La Rosacruz -cuyos seguidores fueron llamados Rosacruces- es a menudo identificada erróneamente como si se refiriera a una rosa -o rojo- cruz -pero de hecho el término tiene un origen bastante diferente. Se deriva del griego antiguo {rosi}, que significa "rocío" y de la {crucis} que significa "copa de fuego" -como en la palabra crisol-. Por lo tanto, la Rosacruz fue la Copa de Fuego del Rocío, o Copa de Fuego de las Aguas.

En forma simbólica, la Rosacruz era la Marca Original y Duradera de la Soberanía -y aquí es donde la definición secundaria de la Rosacruz entra a jugar; para esto, la insignia, era de hecho, una Cruz Roja dentro de un Anillo. Los tempranos escritores bíblicos condenaron este Dispositivo real como la Marca de Caín. 

Este mismo Emblema se consideró como simbólico del Santo Grial, cuya Forma representativa como la Copa de Rocío -o Cáliz- emanó directamente de la palabra sumeria {gra-al}. Esto define el "Néctar de la Suprema Excelencia" -el prestigioso legado de la Reina Annunaki Nin-Kharsag, Gran Madre del principal Linaje Real.

Originalmente, durante el tiempo más largo, el Anillo fue un Símbolo de la Justicia Divina perpetua, que era medida por la Vara. En las representaciones sumerias antiguas diversos Señores, Reyes y Reinas son retratados individualmente sosteniendo  los Dispositivos de la Varilla y el Anillo -personajes como Marduk y Lilith, Shamash, Ur-Nammu, Ashur, Samael y otros del Segundo y Tercer Milenios antes AC-. 

En algunos casos la Vara está claramente marcada en Unidades calculables -como un Reglamentador moderno-. En Babilonia se conoce como la Regla -y el que llevó a cabo la Regla era designado el “Reglamentador”: que es de donde deriva el término utilizado en el ámbito gubernamental.

Con el tiempo, en lugar de sostener los Anillos Dorados, los Soberanos empezaron a colocarlos en la cabeza, donde, a través del ornado y el embellecimiento del paso de las Edades, en última instancia se convirtió en Corona, mientras que la Varilla -o Regla- se convirtió en el Cetro Real. Durante el curso de todo esto, el Emblema Rosacruz de la Cruz y el Círculo también se convirtieron en un Objeto sólido: una Cruz rematada en una Esfera, el Orbe de la Soberanía regalia.

En todos los los Romances del Grial, y en los Cuentos de los Anillos, el Mensaje es implacablemente claro: en las manos equivocadas, tanto el Anillo y el Grial pueden ocasionar un desastre. El Poder del Anillo tiene que ser resistido, de lo contrario, esclavizará a su amo, mientras que el Grial tomará represalias con una venganza si se utiliza mal. De cualquier manera, la moral es la misma en que, en última instancia, el Poder es auto-destructivo cuando es logrado a través de vender la propia Alma. Consecuentemente, el Anillo puede ser un Halo o una Corona, pero, igualmente, puede ser una soga.

Hay, sin embargo, una diferencia esencial entre el "Anillo Único" de Tolkien, que se presenta como oscuro y divisivo, y el Anillo de Oro del Romance del Grial, que es un Anillo de Amor y de la Iluminación. Este último -el Anillo con el que Arturo hizo su voto a Ginebra- fue simbolizado por el Anillo más férreo de los Caballeros que estaban sentados a la Mesa Redonda -un Anillo que se rompió, llevando al país al caos- cuando Ginebra le fue infiel a Arturo con Lancelot.

Antes del año 751, los Reyes de la Sucesión del Grial eran Sacerdotes por derecho propio: eran los Reyes-Sacerdotes conocido como los Reyes Pescadores. Pero, cuando sus derechos al Sacerdocio fueron socavados por la Iglesia, el Legado fue abandonado en todos lados menos en los Reinos gaélicos. Antes de esto, las Sustancias representativas de la Realeza sacerdotal era el Oro –para la Nobleza-, el Incienso -para el Sacerdocio- y la Mirra –para el Conocimiento-. 

Estas fueron las mismas Sustancias presentadas a Jesús por los Reyes Magos en el Nuevo Testamento, lo que lo identifica positivamente como un Rey-Sacerdote dinástico del Linaje del Grial. La importancia de esta Presentación maga se ha perdido dentro de una Fábula artificiosa de humilde Nacimiento en un establo, que no se menciona en ningún Evangelio original. 

Sin embargo, por alguna oscura razón, el Simbolismo del Grial fue retenido por la Iglesia en su Eucaristía: el Sacramento de la Comunión, en el que el Vino -en sentido figurado la Sangre de Cristo- se bebe del Cáliz Sagrado de la Rosa Cruz. En este sentido, el verdadero Simbolismo de la Antigua Costumbre, que comenzó en los Tiempos Anunnaki, ha sido estratégicamente velado, mientras que las Tradiciones del Grial y del Anillo son denunciados por la Iglesia como herejías no oficiales. 

Según lo confirmado en los Registros Históricos, las controversias entre los descendientes de la Familia del Grial y el stablishment de la Iglesia prevalecieron durante siglos debido a su conflicto de intereses. Desde el Siglo I, la Roma imperial había decretado que los Herederos Mesiánicos debían ser perseguidos y pasados ​​a cuchillo. Entonces, una vez que la Iglesia Romana fue formalmente operativa desde el Siglo VI, la Dinastía Sagrada fue condenada para siempre por los Obispos. 

Fue esta condena formal la que dio lugar a Eventos como la Cruzada contra los Albigenses, en 1209, y las posteriores Inquisiciones católicas; estos brutales asaltos de la maquinaria papal fueron dirigidos específicamente contra los defensores y campeones del Concepto Original de la Realeza del Grial, contra el estilo de la pseudo-monarquía que había sido implementada por los Obispos de Roma. En términos prácticos, la Realeza de la Iglesia ha prevalecido desde la Siglo VIII y ha continuado a través de los Siglos, hasta nuestros días. 

Pero el hecho es que, en términos estrictos de la práctica soberana, todas esas Monarquías y Gobiernos afiliados han sido inválidos. La Realeza de la Iglesia es precisamente aquello que se nos ha vuelto tan familiar. Se aplica a todos los monarcas que alcanzan sus posiciones de Reinado a través de Coronación de la Iglesia por el Papa o cualquier otro líder cristiano -en Gran Bretaña, por el Arzobispo de Canterbury-. 

En cuanto a la verdadera Realeza, no había necesidad de Coronación, porque la Real y Majestuosa Herencia siempre fue considerada como llevada "en la sangre" -para ser precisos, en el ADN del Gra-al-. Para entender el Legado del Anillo, debemos ver cómo se hizo posible la Realeza de la Iglesia; en Primer Lugar por medio de un Documento llamado Donación de Constantino -un Documento que llevó a casi todas las injusticias sociales que ya se ha experimentado en el Mundo Cristiano. 

Toda práctica monárquica y gubernamental, durante siglos, se ha basado en el precepto inicial de esta Carta, pero, en realidad, su precepto dogmático es totalmente inválido.

Cuando la Donación de Constantino hizo su primera aparición en la mitad del Siglo VIII, fue denunciada por haber sido escrita por el Emperador Constantino unos 400 años antes, aunque curiosamente nunca se produjo tal cosa en el interín. Incluso fue fechada y lleva a su supuesta firma. Lo que el Documento proclama fue que, nombrado Papa del Emperador fue Representante Electo de Cristo en la Tierra, con el poder de "crear" los Reyes como sus subordinados desde que su Palacio se situaba por encima de todos los Palacios en el mundo! 

Las Disposiciones de la Donación fueron puestas en marcha por el Vaticano en el año 751, después de lo cual los Reyes Pescadores merovingios del Linaje del Grial en Gaul –o Galia- fueron depuestos y una nueva Dinastía fue suplementada por medio de una familia de alcaldes. Ellos fueron llamados Carolingios y su único Rey de importancia fue el legendario Carlomagno. Por medio de esta estrategia, toda la naturaleza de la Monarquía pasó de ser una oficina bajo la tutela comunitaria a una de poder absoluto y, en virtud de este cambio monumental, el duradero Código del Grial de servicio príncipesco fue abandonado así como los Reyes europeos se convirtieron en siervos de la Iglesia en vez de ser servidores del pueblo. 

El hecho es, sin embargo, que hace más de 500 años, en la Epoca del Renacimiento, emergió la prueba de que la Donación era una falsificación absoluta. Sus referencias en el Nuevo Testamento se refieren a la Biblia Vulgata Latina -una Edición traducida y compilada por San Jerónimo, que no nació hasta el año 340 DC., unos 26 años después de Constantino y el cual, supuestamente, firmó ese Documento! Aparte de eso, el lenguaje de la Donación, con sus numerosos anacronismos, es el del Siglo VIII y no guarda relación con el estilo de escritura de la Epoca de Constantino. 

Es conocido hoy como "el caso más famoso de falsificación en el mundo", pero a pesar de esto, el abrumador dictado de la Donación, consolidó el Papa como jefe espiritual y temporal supremo de la Cristiandad y ha prevalecido a pesar de todo. 

Antes del sometimiento formal del Grial por la Inquisición de la Iglesia en la Edad Media, los cristianos heterodoxos victimizados -o "herejes" como se les llamaba- incluidos a los Cátaros -Los Puros de la Región del Languedoc, en el Sur de Francia-. Los Cátaros fueron plenamente familiarizados con la Cultura del Señor de los Anillos y, según la Tradición, referida al Linaje Mesiánico como la Raza Elfica, venerándolos como Los Resplandecientes.

Esto es, por supuesto totalmente indicativo del mismo estilo que ofrecen los Antiguos Anunnaki -los Grandes Hijos del Señor Anu, también llamados Anna-Nagai: Los Resplandecientes.

En el lenguaje de la Vieja Provenza, una elfa era un "albi" y Albi fue el nombre dado al Centro Principal de los Cátaros en el Languedoc. Esto fue en deferencia a la Herencia matrilineal de la Dinastía del Grial, los Cátaros eran partidarios de los Originales Albigenses: la Línea de Sangre élfica que había descendido a través de las Reinas del Grial de antaño como Nin-Kharsag, Eresh-Kigal, Lilith, Miriam, Betsabé y María Magdalena.
Fue por esta razón que, cuando Simon de Montfort y los Ejércitos del Papa Inocencio III descendieron sobre la Región de Languedoc en 1.209, se llamó La Cruzada contra los Albigenses. A través de unos treinta y cinco años, decenas de miles de personas inocentes fueron asesinadas en esta campaña salvaje, todo porque los habitantes de la Región fueron defensores del Concepto Original de la Monarquía del Grial, contra el estilo inapropiado de la monarquía que había sido establecida por la maquinaria papal y su Documento falsificado. 

La antigua palabra {el}, que fue utilizada para identificar a un Dios o a un Elevado -como en El Elyon y El Shaddai-, en realidad significaba “brillante” en la Antigua Mesopotamia, Sumeria. Al Norte de Babilonia, el derivado {ellu} significaba Resplandeciente, al igual que {ilu}, en Akkad. Posteriormente, la palabra se extendió por toda Europa hasta convertirse en {ellyl}, en Gales; {aillil} en Irlanda, y {elf}, en Sajonia y en Inglaterra.

El plural de {el} era {elohim}: la misma palabra usada en los Textos Bíblicos Antiguos para referirse a los dioses, pero estratégicamente mal traducido para ajustarse a la Tradición judeo-cristiana de Un Dios. Curiosamente, en gaélico de Cornualles, Suroeste de Inglaterra, la palabra {el} era el equivalente del anglosajón {engel} y del francés antiguo {angele} que, en Inglés, se convirtió en “angel”.

Existe en Irán -Antigua Persia- y en las Islas Canarias, una gran planta llamada Arbol del Dragón. Esta Planta es de la variedad del Lirio, y su resina se conoce como “Sangre de Dragón”. El extracto rojo fue utilizado como un tinte ceremonial en el Este, donde se conoce como {lac}, cuyo pigmento derivado se encuentra hoy en el Color de la pintura para Artistas denominado Lago Escarlata [Scarlet Lake]. 

Los Dragones fueron muy importantes para la Descendencia de Los Resplandescientes, que eran ungidos en su instauración real con el Aceite graso del Dragón Sagrado; esencialmente, un gran varano monitor de cuatro patas nativo del Valle del Eufrates. En Mesopotamia, esta criatura se llamaba {mûs-hûs}, y en Egipto su equivalente era el {messeh}.
En la Unción, los Reyes fueron considerados para obtener la Destreza de la bestia sagrada, convirtiéndose así en {messehspor derecho propio -y es de donde deriva el término hebreo mesías -que significa Ungido-. Jesús no era de ningún modo único en este sentido -todos los Reyes sucesivos de la temprana Línea albigense fueron Mesías. 

En virtud del Arbol de Dragón, es fácil de reconocer por qué la Sangre del Dragón siempre se asoció con la Esencia de la Flor de Lis, o Lirio -e incluso por qué las Reinas del Grial de antaño le fueron dados, a menudo, nombres relacionados, como Lily, Lilith, Luluwa, Lilutu y Lillet. 

Es, de hecho, de la misma Tradición del Pigmento “lac” el cual pertenece a la misma familia de nombres de “du Lac” que llegó a ser prominente en la Tradición artúrica –como, por ejemplo, la Dinastía Borgoñona de la Reina Viviane du Lac, madre de Lancelot du Lac. Esto fue traducido al Inglés para convertirse en Lancelot del Lago [Lancelot of the Lake], pero su representación más correcta era Lancelot de la Sangre del Dragón. 

Junto a esto, la Dinastía del Grial también fue variando el estilo de la Casa del Acqs, que significa “de las Aguas”, de donde proviene la reinante Tradición de las Damas del Lago. La Rosa Cruz -o la Copa de Rocío-, el Emblema del Santo Grial -se vio asimismo identificado con la Sangre mesiánica celebrada en el Cáliz Sagrado del vientre materno. 

Esto puede, por lo tanto, observarse que los estilos de “du Lac” y “del Acqs” son totalmente sinónimos, como lo son en las Tradiciones Históricas del Dragón y el Grial. Estas Tradiciones siamesas son especialmente importantes en la Historia de la Sangre y el Agua, que fluía del costado de Jesús durante la Crucifixión -siendo emblemático el hecho de que él –Jesús- era realmente un Dinasta Real de Los Resplandecientes, o Annunaki. 

El concepto de Hadas –Fairies- del Folklore de las Hadas- nació directamente de las Culturas del Dragón y el Señor de los Anillos, siendo un derivado del griego {phare}, que significa “casa grande”. Es de ésta de donde la palabra “faraón” deriva también. En el mundo gaélico, se decía que en ciertas Familias Reales -sobre todo las de los Pendragones- que llevaban la Sangre de las Hadas –que es como decir, la Suerte o el Destino del Linaje del Grial y de la Humanidad en general-, mientras que las Doncellas élficas albigenses eran las designadas Guardianes de la Tierra, las Estrellas y el Bosque. 

Es por estas razones que las Hadas y los Elfos a menudo han sido retratados como Zapateros y Faroleros; los Zapateros de Hadas hacían los zapatos que miden los Pasos de la Vida, mientras que los Resplandecientes de la Raza élfica estaban allí para Iluminar el Camino. 

En términos nacionales, aún cuando las Hadas presentan una imagen muy extendida, que está particularmente asociada con Irlanda, donde están epitomizadas por los Antiguos Pueblos de Tuatha Dé Danann; este formidable Rey tribal era, sin embargo, mitificado por los monjes cristianos, quienes reescribieron la mayoría de las Historias irlandesas para satisfacer intereses particulares de su propia Iglesia en Eire. 

A partir de la base de unos Textos monásticos -que surgieron a partir de los Tiempos Medievales- es generalmente establecido que estas personas eran de la Tribu sobrenatural de la Diosa de la Agricultura, Danaë, de Argos, o tal vez de la Madre-Diosa del Egeo, Danu. Pero su verdadero Nombre, dictado en su Forma Más Antigua, fue Tuadhe d'Anu -y, como tal, eran el Pueblo, o Tribu de Anu, el Gran Dios del Cielo de los Anunnaki. 

A partir del año 751, la Iglesia aplicó todas las medidas posibles para disminuir el status de cualquier esfuerzo real que emanase de los Señores del Anillo Originales, para lo que la fraudulenta Donación de Constantino podía ser puesta en juego. A partir de entonces, sólo la sojuzgante Iglesia pudo determinar qué era y qué no era un Rey, mientras que los Elfos y las Hadas de los Albigenses fueron conducidos desde la vanguardia de la Historia hacia un Reino de aparente Fantasía y Leyenda. 

A este respecto, es significativo que los Elfos de El Señor de los Anillos, de Tolkien, son muy diferentes a los pequeños y bonitos caracteres de muchos Cuentos de Hadas, sino que son en realidad son Más Grandes y Más Poderosos que los mortales promedio. También están dotados de mayores Poderes de Sabiduría, que montan Caballos Mágicos y se parecen mucho más al Rey de la Antigua Tribu de Tuadhe d'Anu. 

Instalada en Irlanda a partir de alrededor de 800 AC., la Tuadhe d'Anu procedía de las tierras de los Escitas, en Europa Central, los Reinos del Mar Negro, que se extendían desde las montañas de los Cárpatos y los Alpes de Transilvania, al otro lado del río ruso Don. Ellos eran estrictamente conocidos como los Escitas Reales y su clasificación, como Destinos o Hadas ocurrió porque ellos eran Maestros de una Inteligencia Trascendente llamada Sidhé, que fue conocida por los Druidas como la Tela de los Sabios.

A medida que la Iglesia llegó al poder después del Siglo VIII a través de la implementación de la Donación de Constantino,  la “corriente subterránea” que apoyaba a los verdaderos Albigenses, encontró Métodos más estratégicos de preservar la Antigua Cultura del Linaje Real. 

En el transcurso de este, y basado sobre un Principio Tradicional del Folklore y la Leyenda, nació el concepto de Cuento de Hadas -Historias que no eran diferentes de muchas de las Parábolas propias de los Evangelios del Nuevo Testamento-. Eran igualmente ideados “para los que tienen oídos para escuchar”, mientras que otros, entre los no Iniciados se perciben simplemente como entretenimiento infantil de la Fantasía. 

Un Mensaje focal Clave incorporado en estos Cuentos de Hadas fue la comprensión de la importancia de perpetuar la Línea de la Familia Sangréal –de Sangre Real-, sin importar el poder de los Obispos y Reyes títeres de la Iglesia. Todo el escenario era presentado una y otra vez, como si se tratara de una pesadilla en la que la mujer -la Doncella élfica que llevaba el esencial ADN Mitocondrial- estaba fuera del alcance del Príncipe del Grial, por lo que su tortuosa Búsqueda para encontrarla fue similar a la Búsqueda del Santo Grial en sí. 

En consecuencia, muchos de los Cuentos que emanaron de esta base eran Historias de Novias perdidas y Realezas usurpadas, basadas en el sometimiento por parte de la Iglesia del Linaje del Grial. El ideal de Cuento de Hadas estaba esencialmente orientado a relacionar la verdad de estas persecuciones. Eran Cuentos alegóricos sobre la difícil situación de la Familia mesiánica -los Señores del Anillo del Sangréal, cuyos Hadas y Duendes, habiendo sido manipulados desde el plano mortal de la ortodoxia y el status quo- fueron confinados a Otro Mundo de existencia aparente.

Emergieron como Cuentos de Príncipes valientes que fueron convertidos en Ranas, de los Caballeros del Cisne que vagaban por el Yermo y Princesas del Grial encerradas en torres o puestas a dormir durante cientos de años. En el curso de la persecución, las Doncellas élficas fueron pinchadas con punzones, alimentadas con manzanas envenenadas, sometidas a los Hechizos o condenadas a la servidumbre, mientras que sus Campeones nadaron grandes lagos, lucharon a través de la espesura y escalaron poderosas torres para asegurar y proteger la Herencia matrilineal de los Albigenses. 

Estas Leyendas Románticas son Historias tan bien conocidas como la Bella Durmiente, Cenicienta, Blancanieves y Rapunzel. En todos los casos, el Tema de fondo es el mismo, con la Princesa cautiva -drogada, encarcelada o bajo alguna forma de restricción- fuera del alcance del Príncipe, que tiene que encontrarla y ponerla en libertad con el fin de preservar la Dinastía y perpetuar el Linaje. 

Fue durante el Período de la Dinastía Carolingia francesa -la Dinastía del Emperador Carlomagno-, que comenzó en el año 751, que se plantaron las Semillas de la mayoría de estas Historias populares, y es debido a las verdades inherentes que se encuentran detrás de estas Historias que las encontramos tan naturalmente atractivas.




[Continuará...]


El Reino de los Señores del Anillo [2]
El Reino de los Señores del Anillo [3]


Diseño|Arte|Diagramación: Pachakamakin



CITAS:

[1] John Ronald Reuel Tolkien; Bloemfontein, Sudáfrica, 1892-Bournemouth, Inglaterra, 1973.

12.04.2012

EL ENIGMA DE LAS PIRAMIDES CAIDAS



Por Juan José Oppizzi
Sus Artículos en ADN CreadoreS



La mañana de un lejano día de un no menos lejano año de un remoto siglo del cuarto milenio antes de Cristo, el gran faraón Kataforesis I, señor del Alto Egipto, recibió una infausta nueva: la pirámide que se estaba erigiendo para perpetuar su memoria en cuanto la barca de Amón lo llevara a los dominios solares, se había derrumbado. Diez años de trabajo y veinte mil quinientos sesenta y uno, de los treinta mil esclavos afectados a su construcción, acabaron sepultos en un alud de rocas y polvo arenoso. Desolado, el monarca llamó al gran consejero y adivino de la corte, el fiel Krisis, para obtener respecto del hecho alguna opinión sensata, que no se pareciera a los tartajeos incoherentes de los guardias que habían sobrevivido a la catástrofe o a las excusas laberínticas del anciano Eskuadris, el arquitecto real. 
–Divino faraón –dijo Krisis–, ya es la segunda vez que se desmorona tu aún no lograda pirámide. Diez años atrás ocurrió lo mismo, y casi con igual saldo de esclavos perdidos. Estas desgracias derivarán en otras, si no se consigue superarlas. Tu augusta persona no sólo no figurará en los frisos pétreos a leer por las generaciones venideras del mundo; ni siquiera en un insignificante libro que ha de aparecer dentro de varios milenios, llamado Guía Telefónica. Y la pérdida de esclavos nos somete a una falta alarmante de mano de obra que hará necesario buscar en otras clases sociales, con los consiguientes problemas; mi sutil don adivinatorio me dice que ni la nobleza ni el clero aceptarían de buen grado acarrear piedras del peso de dos o tres elefantes, bajo el látigo, a lo largo de diez años.
Kataforesis I se despojó de los báculos, adornos y cayados que portaba en sus audiencias, y que le impedían hacer aun el más mínimo gesto con las manos, y se quitó la corona, que con su peso en oro ya le estrujaba las vértebras cervicales. Libre de tanto chirimbolo, se confió a Krisis, según era su costumbre en esas entrevistas a solas.

–Épocas abrumadoras me han tocado en suerte –reflexionó–. Creí que, como representante de una nueva dinastía, iba a librarme del sino que se proyectó sobre mis dos últimos antecesores en el trono. Como bien sabes, mi fiel Krisis, tanto a Idiotep IV como a Chismosis IX se les derrumbaron sus respectivas pirámides antes de que fueran acabadas. Los monumentos funerarios previos a esos dos reyes consistieron en vulgares túmulos que podría haber ideado un niño en sus juegos con las arenas del Nilo.–Divino faraón –intervino Krisis–, la aplicación de las formas piramidales en las obras faraónicas, debida al ilustre arquitecto Plomadis, abuelo del venerable Eskuadris, fue una genial novedad que merecería un derrotero más venturoso. Algo en su práctica no es quizá grato a los dioses. 
–Sí –admitió Kataforesis I–. Ya lo he pensado. En el caso de Idiotep IV, tal vez se debió a sus más bien escuálidas dotes personales. Todos recordamos cuán ineludible fue borrar los frisos que narraban su vida, pues la gente iba expresamente a leerlos para reírse de las boberías escritas allí. Me desconcierta el no poder explicarme cómo el inmenso Horus pudo haber encarnado en alguien tan imbécil. 
–Es posible –arriesgó Krisis– que el inmenso Horus, harto de moverse en las doradas leyes de lo perfecto, haya querido experimentar las vivencias de un marmota como Idiotep IV. 
–En el caso de Chismosis IX –siguió Kataforesis I–, seguramente el encono de los dioses halló un motivo firme en su manía de vivir pendiente de los mil y un enredos íntimos de la corte, el clero y la nobleza, descuidando los asuntos de estado. Él podía enumerar cada incursión de cada mancebo sobre cada virgen del Templo de Isis, cada reunión desenfrenada de los sacerdotes de Ptah, cada secreto intercambio de pareja de cada noble; pero no sabía que los ejércitos del país de Mitani se lavaban los pies en el delta del Nilo, ni que las hordas nubias ennegrecían el Valle de los Reyes. 
–Tampoco sabía –agregó Krisis– que su propia cornamenta superaba a la del buey Apis, que es decir mucho. 
–Cierto –admitió Kataforesis I–. Lo que no entiendo es por qué en mi caso los dioses continúan adversos a la erección de las pirámides. Reúno inteligencia, bondad, simpatía, belleza, generosidad, coraje, destreza, rapidez, elocuencia, precisión, lealtad, arrojo... 
–La lista, hecha en friso, abarcaría el reino de extremo a extremo, divino faraón –sintetizó Krisis–. Amón guarde tu modestia, que exhibes al mencionar apenas quince de los millones de virtudes que relucen en tu adorable persona. Sin dudas, no es algo de ti lo ingrato a los dioses. Me he tomado la libertad de indagar subrepticiamente a Eskuadris, el arquitecto real, en busca de otros indicios. 
–¿Has podido entenderle? –Kataforesis I hizo una mueca de fastidio. 
Krisis suspiró: 

–Sus explicaciones técnicas me fueron tan oscuras como lo serán por milenios nuestros jeroglíficos para los hombres que pueblan las tierras allende el mar donde el Nilo vuelca sus aguas. Los muchos años que Eskuadris porta en los huesos le nublan por momentos la razón. Suele mezclar su saber arquitectónico con ciertas veleidades médicas no atendidas en la juventud. Hace algún tiempo, pretendiendo aumentar la fuerza de los esclavos, les dio a beber una pócima hecha por él y ocasionó más bajas que el derrumbe de la pirámide.
Kataforesis I se enjugó la transpiración de la cara y dijo: 

–Aquí, mi fiel Krisis, se impone otra clase de búsqueda. Ya que el asunto involucra la actitud de los dioses, es en ellos en donde hay que hallar las respuestas.
Krisis vio venírsele encima una tarea compleja, por lo que intentó un desvío para las ansias del rey: 

–Sugiero a Astut, el gran sacerdote del Templo de Osiris, en aras de tan sensible empeño, divino faraón. –El sagaz Astut me parece tan fiable como las verdosas áspides que acechan en las arenas –confesó el monarca–. Mira este trono con ojos codiciosos. 
–Pero, divino faraón –objetó Krisis–, el acceso al trono siempre es dispuesto por el inmenso Horus cuando encarna en el elegido nonato. 
Kataforesis I retuvo el aire en una drástica inspiración, y luego fue expeliéndolo a dosis breves: 

Astut está encargándose de comunicar un pretendido nuevo decreto del inmenso Horus. En él figura un cambio en su régimen de encarnaciones. Ahora podría efectuarlas a cualquier altura de la vida del elegido. No necesito de mucha suspicacia para advertir cómo serviría ese argumento a los fines de deslegitimar mi permanencia y de justificar el eventual ascenso de Astut. Si yo recurriere a él para indagar las causas de los sabotajes divinos a mi frustrada pirámide, estaría dándole una herramienta adicional a sus ánimos conspirativos. 
Krisis, ya resignado a lo inevitable de su labor metafísica, cumplió con la rutina lamerona: 

Horus guarde tu deslumbradora inteligencia, divino faraón, y me dé suficiente energía en la misión que preveo.
–Mi fiel Krisis –sonrió el faraón–, no en vano eres el gran consejero y adivino de la corte. Nadie mejor que tú para realizar esta invalorable y ultrasecreta misión. Deberás emplear tus dones en averiguar con los dioses el motivo de sus disconformidades aniquiladoras de pirámides. 
Krisis no agregó ni un silbido a las palabras del faraón. Salió del ambiente real y se dispuso a dar comienzo a la compleja tarea. 

El radiante Amón voló muchísimas veces sobre el Alto Egipto, los cocodrilos del Nilo se bañaron en varias lunas llenas y las áspides reptaron largos trechos por las arenas del desierto. Al fin, el diligente gran consejero y adivino de la corte solicitó una audiencia con Kataforesis I. El monarca se sorprendió al ver maltrecho a Krisis.

–Divino faraón –explicó el súbdito–, en honor a tu índole, me pareció adecuado consultar en primer término con el inmenso Horus. Aunque tal vez por tu misma condición de encarnado suyo hubieras podido hacerlo tú directamente, usando un mero circuito introspectivo.
Kataforesis I carraspeó para aclarar su majestuosa voz: 

–Mis deberes de gobierno me sustraen de un contacto diario con mis esencias divinas. Amón le guarde por siglos al Alto Egipto el privilegio de tenerte como rey –subsanó Krisis para evitar escozores en el ego faraónico–. Por mi parte, guardaré de por vida la experiencia de haber llegado, en trance, al pie del trono de Horus. 
–Guiándome por el estado en que vienes –observó el faraón–, diría más bien que llegaste al pie de un zarzal. 
–Interrogué al inmenso Horus sobre las reiteradas catástrofes habidas en las erecciones de las pirámides –siguió explicando Krisis–, y dispuse los oídos para la egregia respuesta del dios, que me había escuchado atentamente. Pero, como tú sabes, divino Kataforesis I, Horus tiene cabeza de halcón, por lo cual estuvo un rato chillando y bisbiseando, sin que yo pudiera entender nada. Nuestras épocas no gozan de lo que en un lejano futuro se denominará “subtitulado”, maravilloso recurso que ha de acabar con los muros separadores de las lenguas. 
–Deja tus raras profecías a un lado y cuéntame qué sucedió luego –dijo, impaciente, el faraón. 
–Le rogué al inmenso Horus que me aclarase todo lo chillado y bisbiseado, y él volvió a chillar y bisbisear de igual modo incomprensible para mí –continuó el gran consejero y adivino de la corte–, lo que me llevó a otro ruego de aclaraciones, que originó otros chillidos y bisbiseos, hasta que, frente a mi tercer ruego, el inmenso Horus arremetió contra mi persona a inmensos picotazos, cuyas marcas puedes ver, divino faraón, y dio por finalizada la entrevista. 
Kataforesis I se agarró la cabeza con ambas manos (operación que le facilitó encubrir el alivio del peso de la corona en sus ruinosas vértebras cervicales): 

–¡Horus enojado! ¡Era lo único que me faltaba! Tal vez quite su esencia divina de mi cuerpo, dándole asidero a las afirmaciones de Astut, el gran sacerdote del templo de Osiris. ¿Es que tú, mi fiel Krisis, eres un agente encubierto de Astut? –¡Me fulminen los dioses antes de caer en ese oprobio! –exclamó Krisis, temiendo que finalizara la unión de su tronco y su cabeza–. En prueba de la férrea lealtad que me une a tu adorable persona, divina parte de Horus, te ruego humildemente autorización para reemprender ya mismo la búsqueda de la anhelada respuesta en las regiones ultrahumanas. 
–¡Urge que así sea! –Kataforesis I hizo un ademán que dio por tierra con báculos, adornos y cayados–. Pero te ordeno que emplees tanta energía en la indagación como en el cuidado por mantener la sutileza de los métodos. 
El fiel Krisis no aguardó ni que el monarca tomara aire tras concluir sus palabras; corriendo, fue a abocarse al periplo ultramundano que le faltaba. 

El radiante Amón voló otras muchas veces sobre el Alto Egipto, los cocodrilos del Nilo se bañaron en varias otras lunas llenas y las áspides reptaron otros largos trechos por las arenas del desierto. Como el gran consejero y adivino de la corte no daba señales de presentarse a rendir informes, Kataforesis I mandó buscarlo. No desdeñable fue su asombro cuando los enviados aparecieron con unas angarillas y depositaron a Krisis, lleno de golpes, heridas y fracturas, al pie del trono. Una vez a solas, el faraón se despojó de báculos, adornos y cayados; no pudo quitarse la corona, ya que un adelgazamiento general se la había hecho encastrar de modo permanente. Sosteniéndose la cabeza con ambas manos, logró preguntar:

–Mi fiel y destartalado Krisis, ¿qué averiguaste en la región de los inmortales?
El gran consejero y adivino de la corte hizo mover los carrillos en vano por un rato, hasta que se le oyeron algunas palabras: 

–Divino faraón, consulté con Anubis, el dios chacal; con Bastet, la diosa gata; con Kentamentiu, el dios lobo; con Knum, el dios carnero; con Sebek, el dios cocodrilo; y con Tot, el dios ibis. En todos los casos me ocurrió lo mismo que con Horus: escuché ladridos, maullidos, gruñidos, balidos y todo tipo de sonidos, excepto algo que me fuera inteligible. Rogué aclaraciones y recibí mordiscos, arañazos, patadas y cornadas. –¡Te ordené cuidado en mantener la sutileza de los métodos! –pretendió gritar Kataforesis I, pero un mayúsculo dolor en las vértebras cervicales redujo su voz a un gemido. 
–Divino faraón –susurró Krisis–, yo no tengo la culpa de que casi todos nuestros dioses sean medio bestias. Me parece que es hora de que adopten figuras más antropomórficas, o de que se molesten en buscar traductores. 
El faraón, en medio de un paulatino mareo, se inclinó, exhausto: 

–¿Eso es todo lo que pudiste recabar, mi fiel Krisis?
El gran consejero y adivino de la corte hizo otro largo agitar de maxilares, antes de ser de nuevo entendible: 

–Hay algo más, divino faraón. Cuando yo emergía ya del movido trance, pero sito aún entre las dos regiones, la de los inmortales y la nuestra, escuché una descomunal risa, llena de sarcasmo; vi un esbozo del rostro de Amón y el áureo dios habló. –¿Qué fue lo que dijo? –alcanzó a preguntar Kataforesis I, antes de caer trono abajo y quedar tendido junto a Krisis. 
–Dijo –el gran consejero y adivino de la corte se ahogaba– que dejemos de ser tan papanatas, ¡Que construyamos las pirámides con las puntas hacia arriba! 

Fotografía: Alex Bramwell
Diseño y Diagramación: Pachakamakin

9.27.2012

EL LOCO


Por Guy de Maupassant

Selección de Javier Alejandro Fernández
Sus Selecciones en ADN CreadoreS



Querido doctor, me pongo en sus manos. Haga usted de mi lo que guste. 

Voy a decirle con toda franqueza mi extraño estado de ánimo, y juzgue si no sería mejor que cuidasen de mí durante algún tiempo en una casa de salud, en vez de dejarme presa de las alucinaciones y sufrimientos que me atormentan. 

Ésta es la historia, larga y exacta, de la singular enfermedad de mi alma.

Vivía yo como todo el mundo, mirando la vida con los ojos abiertos y ciegos del hombre, sin sorprenderme ni comprender. Vivía como viven las bestias, como vivimos todos, cumpliendo todas las funciones de la existencia, analizando y creyendo ver, creyendo saber, creyendo conocer lo que me rodea, cuando un día me di cuenta de que todo es falso.

Fue una frase de Montesquieu la que súbitamente iluminó mi pensamiento. Es ésta: 


"Un órgano de más o de menos en nuestra máquina nos hubiera dado una inteligencia distinta. En una palabra, todas las leyes asentadas sobre el hecho de que nuestra máquina es de una determinada forma serían diferentes si nuestra máquina no fuera de esa forma." 
He pensado en esto durante meses, meses y meses, y poco a poco ha penetrado en mí una extraña claridad, y esa claridad ha creado ahí la oscuridad.

En efecto, nuestros órganos son los únicos intermediarios entre el mundo exterior y nosotros. Es decir, que el ser interior que constituye el yo se halla en contacto, mediante algunos hilillos nerviosos, con el ser exterior que constituye el mundo.

Pero, además de que ese ser exterior se nos escapa por sus proporciones, su duración, sus propiedades innumerables e impenetrables, sus orígenes, su futuro o sus fines, sus formas lejanas y sus manifestaciones infinitas, nuestros órganos, sobre la parcela que de él podemos conocer no nos suministran otra cosa que informes tan inseguros como poco numerosos.

Inseguros, porque únicamente son las propiedades de nuestros órganos las que determinan para nosotros las propiedades aparentes de la materia.

Poco numerosos, porque al no ser nuestros sentidos más que cinco, el campo de sus investigaciones y la naturaleza de sus revelaciones se hallan necesariamente muy restringidos.

Me explico: la vista nos indica las dimensiones, las formas y los colores. Nos engaña en esos tres puntos.

No puede revelarnos otra cosa que los objetos y seres de dimensión media, proporcionados a la estatura humana, lo cual nos lleva a aplicar la palabra grande a determinadas cosas y la palabra pequeño a otras, sólo porque su debilidad no le permite conocer lo que es demasiado vasto o demasiado menudo para él. De ahí resulta que no se sabe ni se ve casi nada, que el universo casi entero le queda oculto, la estrella que habita el espacio y el animálculo que habita la gota de agua.

Incluso aunque tuviera cien millones de veces su potencia normal, aunque viese en el aire que respiramos todas las especies de seres invisibles, así como los habitantes de los planetas próximos, todavía quedarían numerosos infinitos de especies de animales más pequeños y mundos tan lejanos que jamás alcanzaría.

Así pues, todas nuestras ideas de proporción son falsas porque no hay límite posible en la magnitud ni en la pequeñez.

Nuestra apreciación sobre las dimensiones y las formas no tiene ningún absoluto al venir determinada únicamente por la potencia de un órgano y por una comparación constante con nosotros mismos.

Hemos de añadir que la vista todavía es incapaz de ver lo transparente. Un cristal sin defecto la engaña. Lo confunde con el aire que tampoco ve.

Pasemos al color.

El color existe porque nuestra vista está hecha de modo que transmite al cerebro, en forma de color, las diversas formas en que los cuerpos absorben y descomponen, siguiendo su constitución química, los rayos luminosos que dan en ellos.

Todas las proporciones de esa absorción y de esa descomposición constituyen matices.

Así pues, este órgano impone a la inteligencia su modo de ver, mejor dicho, su forma arbitraria de constatar las dimensiones y de apreciar las relaciones de la luz y la materia.

Analicemos el oído.

Somos juguetes y víctimas, más todavía que en el caso de la vista, de ese órgano fantasioso.

Dos cuerpos, al chocar, producen cierta vibración de la atmósfera. Ese movimiento hace estremecerse en nuestra oreja cierta pielecilla que trueca inmediatamente en ruido lo que en realidad no es otra cosa que una vibración.

La naturaleza es muda. Pero el tímpano posee la propiedad milagrosa de transmitirnos en forma de sentidos, y de sentidos diferentes según el número de vibraciones, todos los estremecimientos de las ondas invisibles del espacio.

Esa metamorfosis realizada por el nervio auditivo en el breve trayecto de la oreja al cerebro nos ha permitido crear un arte extraño, la música, la más poética y precisa de las artes, vaga como un sueño y exacta como el álgebra.

¿Qué decir del gusto del olfato? ¿Conoceríamos los perfumes y la calidad de los alimentos sin las propiedades peregrinas de nuestra nariz y nuestro paladar?

Sin embargo, la humanidad podría existir sin oído, sin gusto y sin olfato, es decir, sin ninguna noción del ruido, del sabor y del olor.

Así pues, si tuviéramos algunos órganos menos, desconoceríamos cosas admirables y singulares, pero si tuviéramos algunos más, descubriríamos a nuestro alrededor una infinidad de otras cosas que nunca supondremos por falta de medio para constatarlas.

Por lo tanto, nos equivocamos cuando juzgamos lo Conocido, y estamos rodeados de Desconocido inexplorado.

Por lo tanto, todo es inseguro, y puede apreciarse de diferentes maneras.

Todo es falso, todo es posible, todo es dudoso.

Formulemos esta certidumbre sirviéndonos del viejo proverbio: 
"Verdad a este lado de los Pirineos, error al otro lado."

Y decimos: verdad en nuestro órgano, error en el de al lado.

Dos y dos no deben ser cuatro fuera de nuestra atmósfera.

Verdad en la tierra, error más lejos, de donde deduzco que los misterios vislumbrados como la electricidad, el sueño hipnótico, la transmisión de la voluntad, la sugestión y todos los fenómenos magnéticos sólo siguen ocultos para nosotros porque la naturaleza no nos ha proporcionado el órgano o los órganos necesarios para comprenderlos.

Después de haberme convencido de que todo lo que me revelan mis sentidos sólo existe para mí tal como yo lo percibo, y de que sería totalmente diferente para otro ser organizado de otro modo, después de haber llegado a la conclusión de que una humanidad hecha de otra forma tendría sobre el mundo, sobre la vida y sobre todo ideas absolutamente opuestas a las nuestras, porque el acuerdo de las creencias sólo deriva de la similitud de los órganos humanos, y las divergencias de opiniones provienen únicamente de ligeras diferencias de funcionamiento de nuestros hilillos nerviosos, he hecho un esfuerzo de pensamiento sobrehumano para suponer lo impenetrable que me rodea.

¿Me he vuelto loco?

Me he dicho: "
Estoy rodeado de cosas desconocidas." He supuesto al hombre desprovisto de orejas y he supuesto el sonido como suponemos tantos misterios ocultos; el hombre constata fenómenos acústicos cuya naturaleza y procedencia no podría determinar. Y he tenido miedo de todo lo que me rodea, miedo del aire, miedo de la oscuridad. Desde el momento en que no podemos conocer casi nada, y desde el momento en que todo es ilimitado, ¿qué es el resto? ¿No es el vacío? ¿Qué hay en el vacío aparente? 

Y ese terror confuso de lo sobrenatural que acosa al hombre desde el nacimiento del mundo es legítimo, porque lo sobrenatural no es otra cosa que lo que permanece velado para nosotros.

Entonces he comprendido el espanto. Me ha parecido que rozaba constantemente el descubrimiento de un secreto del universo.

He intentado aguzar mis órganos, excitarlos, hacerles percibir por momentos lo invisible.

Me he dicho: 

"Todo es un ser. El grito que pasa en el aire es un ser comparable a la bestia, puesto que nace, produce un movimiento y se transforma incluso para morir. Por lo tanto, el espíritu pusilánime que cree en seres incorpóreos no se equivoca. ¿Quiénes son?" 
¡Cuántos hombres los presienten, se estremecen cuando se acercan, tiemblan con su imperceptible contacto! Uno los siente a su lado, alrededor, pero es imposible distinguirlos, porque no tenemos los ojos que los verían, o mejor dicho el órgano desconocido que podría descubrirlos.

Así pues, sentía en mí, más que nadie, a esos transeúntes sobrenaturales. ¿Seres o misterios? ¿Lo sé acaso? No podría decir lo que son, pero siempre podría señalar su presencia. Y he visto —he visto un ser invisible— hasta donde puede verse a esos seres.

Permanecía noches enteras inmóvil, sentado ante mi mesa, con la cabeza entre las manos y pensando en esto, pensando en ellos. De pronto creí que una mano intangible, o más bien un cuerpo inasequible, rozaba ligeramente mi pelo. No me tocaba, por no ser de esencia carnal, sino de esencia imponderable, incognoscible.

Pero una noche oí crujir el entarimado a mis espaldas. Crujió de un modo singular. Me estremecí. Me volví. No vi nada. Y no volví a pensar en ello.

Pero al día siguiente, a la misma hora, se produjo el mismo ruido. Tuve tanto miedo que me levanté, seguro, completamente seguro de que no estaba solo en mi cuarto. No se veía nada sin embargo. El aire estaba límpido y transparente en todas partes. Mis dos lámparas iluminaban todos los rincones.

El ruido no se repitió y fui calmándome poco a poco; sin embargo, permanecía inquieto y me volvía a menudo.

Al día siguiente me encerré a hora temprana, buscando la forma en que podría conseguir ver lo Invisible que me visitaba.

Y lo vi. Estuve a punto de morir de terror.

Había encendido todas las bujías de mi chimenea y de mi lustro. La habitación estaba iluminada como para una fiesta. Sobre la mesa ardían mis dos lámparas.

Frente a mí, la cama, una vieja cama de roble con columnas. A la derecha, mi chimenea. A la izquierda, la puerta, con el cerrojo echado. A mi espalda, un grandísimo armario de luna. Me miré en él. Tenía unos ojos extraños y las pupilas muy dilatadas.

Luego me senté como todos los días.

La víspera y la antevíspera el ruido se había producido a las nueve y veintidós minutos. Esperé. Cuando llegó el momento preciso, percibí una sensación indescriptible, como si un fluido, un fluido irresistible hubiera penetrado en mí por todas las parcelas de mi carne, sumiendo mi alma en un espanto atroz. Y se produjo el crujido, justo a mi lado.

Me incorporé volviéndome tan deprisa que estuve a punto de caerme. Se veía como en pleno día, ¡Pero yo no me vi en el espejo! Estaba vacío, claro, lleno de luz. Yo no estaba dentro, y sin embargo me hallaba enfrente. Lo miré con ojos enloquecidos. No me atrevía a avanzar hacia él, sintiendo que entre nosotros se interponía él, lo Invisible, y que me tapaba.

¡Qué miedo pasé! Y he aquí que empecé a verlo envuelto en bruma en el fondo del espejo, en una bruma como a través del agua; y me parecía que aquella agua fluía de izquierda a derecha, lentamente, volviéndome más preciso segundo a segundo. Era como el final de un eclipse. Lo que me tapaba no tenía contornos, sino una especie de transparencia opaca que iba aclarándose poco a poco.

Y finalmente pude verme con claridad, como hago todos los días cuando me miro.

¡Lo había visto!

Y no he vuelto a verlo.

Pero lo espero sin cesar, y siento que mi cabeza se extravía en esa espera.

Permanezco horas, noches, días y semanas delante del espejo esperándole. ¡Ya no viene!

Ha comprendido que yo le había visto. Mas yo sé que le esperaré siempre, hasta la muerte, que le esperaré sin descanso, delante de ese espejo, como un cazador al acecho.

Y en ese espejo empiezo ver imágenes locas, monstruos, cadáveres horribles, toda clase de bestias espantosas, de seres atroces, todas las visiones inverosímiles que deben acosar la mente de los locos.

Ésta es mi confesión, querido doctor. Dígame qué debo hacer.




Portada: Michael Hussar
Diagramación & DG: Pachakamakin