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3.24.2012

HAY QUE MATARLOS A TODOS



"Felizmente, pensó, la penosa transformación 
habría de limitarse a los días de plenilunio. 
Aunque ahora, recién superada por primera vez, 
notaba como si le hubiese legado alguna secuela. 
Y aquella difusa cólera latente, aquel 
imperceptible deseo de revancha, no lo dejaban, 
no, del todo tranquilo".


De El lobo-hombre (1947), 
cuento corto de Boris Vian [1920-1959]


Digamos que, a esta altura, ya me acostumbré a la desmesura del fútbol; un ámbito donde cada animalada es vista como excepción cuando, lejos de ello, se constituye en nueva regla. 

Me niego a discutir sus estúpidos lugares comunes. Por ejemplo ese que dice: “El público paga y tiene derecho a expresarse”. Pues no. Aceptar que cualquier energúmeno te insulte, te llame ladrón y exija a los gritos que te echen porque perdiste un partido, es como volver al “estado de naturaleza” del que hablaba Thomas Hobbes en su Leviatán, escrito en 1651.

Hobbes, un duro, desarrolló su idea de un contrato social para limitar y controlar el natural instinto salvaje del ser humano. Allí describía el peligro de una “guerra de todos contra todos” [bellum omnium contra omnes] y advertía: “El hombre –malo por naturaleza– es el lobo del hombre” [homo homini lupus est]. Más de tres siglos pasaron y para algunos, las cosas no parecen haber cambiado demasiado.

Estuve en Auschwitz en 1979, durante la tensa primera visita oficial de Karol Wojtyla a su país natal como nuevo Papa. Ese campo era, desde su mismo diseño, una perfecta fábrica de muerte. Hornos. Horcas. Paredones. Y las duchas, donde en lugar de agua caía gas Zyclon B. En las paredes, cubiertas por vidrios, podían verse los arañazos. Morían como ratas porque eso eran los judíos para los nazis. Ratas, no seres humanos.

“Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”, dijo alguna vez Theodor Adorno. ¿Cómo calificar, entonces, las rimas que, con notable obstinación, la hinchada de Chacarita repite cada vez que juega contra Atlanta, su clásico rival, un club identificado con la colectividad judía? Estos imbéciles tienen sus hits y, obvio, los cantaron la semana pasada en San Martín, antes de emboscar y casi linchar a medio centenar de dirigentes que acompañaron al equipo. El más festivo, advertía: “¡Ahí viene Chaca / por el callejón / matando judíos / para hacer jabón!”.

Cierto; eso hacían con la grasa de los cuerpos. Yo los vi. Tienen forma irregular, un tono amarillento y, en algunos casos, restos de pelos. Es un recuerdo perturbador, pero para eso están allí, exhibidos. Para perturbarse, para no olvidar. Con eso se divierten estos subnormales.

Otro hit refiere a “hazañas” locales. “Les volamos la embajada / les volamos la mutual / solo les queda la cancha / y se la vamos a quemar”. Muy bien. Suficiente. El castigo debería hacerles honor. Que sea… a lo bestia. ¿Exagero? Para nada. No subestimemos el valor de la palabra, muchachos.

Los chinos tienen una curiosa maldición: “Que se cumplan todos tus sueños”, dicen. Ahí sonaste. Vivir sin sueños sería intolerable. Tanto, como que se cumplan tus peores pesadillas. 

En medio del caos de 2001, Baby Etchecopar, después de recibir una amenaza, creo, dijo esto en su programa: “Los argentinos vamos a salir a cazar ratas, a cazar gente que nos molesta. Todo hombre tiene derecho a la autodefensa. No sé si me gustaría cargar en mi conciencia con la vida de un ser humano, pero si peligra la integridad de mi familia, no dudaría en usar un arma”.

No conozco a Etchecopar salvo por sus opiniones, con las que suelo no coincidir. Pero es imposible no solidarizarse con alguien que sufrió un asalto a mano armada, en su propia casa y con su familia presente. 

Estas “ratas”, cierto, nada tienen que ver con esas víctimas de Auschwitz estigmatizadas por el nazismo. Son jóvenes crueles, violentos, devastados por la droga, que balbucean una jerga que solo desciframos con la ayuda de los programas de América. Pero no cayeron del cielo. Son producto de otra clase de fábrica. Una que multiplicó excluidos durante los noventa mientras nuestra clase media tomaba sol en Miami o Punta Cana.

Salvajes, despiadados con un arma en la mano, no debe ser fácil enfrentarse con ellos en su propio terreno, a balazos. Hay que tener, al menos, algún código en común. Tirar a matar no es para cualquiera.

Habrá mil debates. “¡Hay que matarlos a todos!”, gritarán unos. “¡Perpetua para los de 14!”, pedirán los que exigen mano dura. Alguno dirá: “Esto, con los militares no pasaba”. Lo de siempre.

Es increíble que alguien crea que la pena de muerte podría cambiar algo, más allá de reimplantar un Estado asesino que ya sufrimos. La vida de esos chicos no vale nada, para nadie. Ellos lo saben y por eso se la juegan a cara o cruz en cada salida, llenos de odio. Nada les importa. Nada son, nada tienen que perder. Bajemos al sótano a revisar nuestro retrato de Dorian Gray, compatriotas, porque esas “ratas” son obra nuestra. A hacerse cargo.

De esa maginalidad surgió otro curioso invento nativo: los barras profesionales. Esos que, en “estado de naturaleza” hobbesiano, también defienden su terreno a sangre y fuego, mientras facturan a cuatro manos. Los medios los llaman “inadaptados” (ridículo: nadie más adaptados que ellos), mientras el negocito crece, cada vez con más socios. Punteros, dirigentes, policías, vendedores de esto o aquello. Por eso están, siempre, se diga lo que se diga. 

Nazis de cartón. Chorros limados. Locos de la guerra. Odio de clase. Malheridos. Muertos. Vivillos. Amantes del plomo.

Lo siento, Hobbes. Me quedo con Boris Vian y su historia del lobo del bosque de las Supuestas Quietudes, al pie de la costa de Picardía, que un día fue mordido… por un ser humano. 

Acá es igual. Son los hombres los que muerden a los lobos.



2.22.2012

UN JUICIO Y UNA CONDENA VERGONZOSOS

Por Juan José Oppizzi


En este Febrero de 2012 el mundo ha presenciado cómo la Suprema Corte de España juzgó y condenó a una suspensión de once años al Juez Baltasar Garzón. El motivo invocado fue prevaricato, una palabra que sirvió para rechazar las escuchas ordenadas por Garzón sobre un grupo de personas encarceladas, en el marco de un caso de corrupción que involucró al Partido Popular, la neofranquista agrupación política que en este momento gobierna el país.

En realidad, la causa del juicio está centrada en otro punto, también considerado en el paquete de acusaciones: la supuesta violación de la ley de amnistía dictada tras la muerte de Francisco Franco, que impide indagar legalmente en el pasado sangriento de su régimen. Garzón había hecho lugar al pedido de algunos descendientes de víctimas de aquel período de terror para que se efectuara una investigación; las muchísimas fosas comunes detectadas, los testimonios de asesinatos masivos y la evidencia de los cientos de miles de exiliados, ameritaron que el ahora suspendido Juez considerase que aquella ley no cubría los delitos de lesa humanidad. Por su parte, el Tribunal Supremo de España opinó en contrario: es decir que, por alguna razón oculta tras argumentaciones reconciliadoras, pacificadoras y miradoras del futuro (¡Tanto sabemos los argentinos de esos argumentos hipócritas!), las trapisondas cometidas por Franco y sus verdugos no son pasibles de revisión ni –mucho menos– de condena.

Como esta cuestión tiene raíces históricas, un repasito no viene mal: a principios del siglo veinte, España estaba sumergida en una larga crisis de imperio en decadencia, que había arrancado tras la separación de las colonias de América en el siglo diecinueve. La monarquía, la nobleza y el clero católico se aferraban tenazmente al viejo orden; en tanto que crecientes movimientos sociales propugnaban el nacimiento de una república moderna. Golpes de estado, sublevaciones, derrocamientos y sucesiones de reyes, regentes y militares ocuparon el panorama peninsular hasta el año 1931, en que los republicanos triunfaron ampliamente en elecciones municipales. El último rey, Alfonso XIII, abdicó. La nueva política, encabezada por Alcalá Zamora, cambió las reglas sociales: confiscó bienes eclesiásticos, expulsó a dignatarios impertinentes, suprimió las órdenes religiosas y dio autonomía a regiones como Cataluña. 

En 1933 triunfó la derecha en las elecciones generales, lo que sirvió para intentar un retroceso en las reformas de los republicanos, pero eso provocó las sublevaciones de Asturias y Cataluña. En la represión de los rebeldes asturianos se destacó un joven militar llamado Francisco Franco, especialmente sanguinario. En 1936 hubo nuevas elecciones, esta vez ganadas por el Frente Popular (no confundir con el actual partido de gobierno), formado por socialistas y aliados de izquierda y encabezado por Manuel Azaña. El ejército de las colonias de Africa se sublevó el 17 de Julio de 1936 y un día más tarde, el de Canarias. La sublevación se tornó guerra civil. La figura en torno de la cual se aglutinaron las fuerzas fascistas fue el oscuro Francisco Franco y su facción llamada Falange. A los republicanos se les sumaron brigadas internacionales de combatientes voluntarios de ambos sexos, en su mayoría socialistas, comunistas y anarquistas, de muchas regiones del mundo –incluida la Argentina–, y el bando de Franco recibió asistencia de la Alemania de Hitler (fue célebre la mano que éste le dio con su aviación al destruir Guernica) y de la Italia de Mussolini. El 1 de abril de 1939, luego de haber muerto algo así como medio millón de personas, las tropas franquistas entraron en Madrid. 

Ahí acabó la guerra civil y arrancó la pesadilla interna. Franco, autodenominado caudillo y Generalísimo (porque General no le alcanzaba), principió a hacer de España lo que después ella fue durante cuarenta años: una oscura aldea conventual, ubicada varias centurias atrás de la cronología histórica europea. De hecho, otro medio millón de españoles murió en el proceso de venganza que siguió al encumbramiento del opaco jefe. En esa matanza debemos contabilizar las miles de personas de todas las edades que atravesaban la frontera de los Pirineos y que el inclasificable presidente francés León Blum (supuestamente socialista, aunque hay razones para dudarlo) le devolvía a los falangistas, sin escrúpulo alguno. 

No es inoportuno mencionar que el proceso de atontamiento forzoso que Franco aplicó a España contó con la inestimable colaboración de un organismo católico muy conocido: el Opus Dei. Josemaría Escrivá de Balaguer, su fundador en 1928 y su director en la época franquista, halló el mejor terreno del mundo para desarrollar sus fanáticas ideas medievales, y lo hizo de tal forma que algunos de los propios círculos de la dictadura llegaron a alarmarse y a quitarle poder (anotemos como dato valioso que este sombrío personaje fue canonizado, junto a varios de sus colaboradores, por uno de los papas más reaccionarios de los tiempos modernos: Karol Wojtyla). Europa estaba, en 1939, ya enzarzada en los tentáculos de la Segunda Guerra mundial; por lo tanto, la península ibérica se mantuvo fuera de los ojos internacionales por varios años. España, y también Portugal, quedaron en poder de un fascismo silencioso, ajeno a los movimientos expansionistas de sus delirantes colegas de Alemania e Italia. Franco y su mellizo ideológico portugués, Oliveira Salazar, pudieron dedicarse a conformar dos países oligofrénicos, sin interferencia alguna.

Cuando el mediocre hombre de El Ferrol murió, en 1975 (con un discurso de despedida según el cual había sido más bueno que San Francisco de Asís), le dejó a España cuatro legados: un quince por ciento menos de habitantes, un monumento de proporciones faraónicas llamado “El valle de los caídos” (en donde el caudillo se hizo enterrar, en una basílica cuya nave principal debió ser reducida en tamaño, porque era mayor que la de San Pedro vaticana), una colección de nobles acrecida en número y en poder, y un rey de mentón robusto y dicción e intención –luego convenientemente corregidas– poco claras.

La clase política española se apresuró a dictar la ley de amnistía que ahora le costó a Baltasar Garzón su cargo de Juez. Los considerandos de ésta hablaron de “olvido del pasado”, “reconciliación”, “construcción de una nueva España”, etc., fórmulas tan insinceras como sus mentores. Lo que realmente se buscó fue un lavado de cara para los que habían medrado bajo la sombra del caudillo y que, en el posfranquismo, tomaban las riendas del poder. Un silencio de hierro se abatió sobre el pasado español, como si el millón de muertos del período 1936-1939, las persecuciones, las torturas, las delaciones, las difamaciones, la anulación de todo criterio libre, el sometimiento a los ridículos preceptos fósiles del gobierno, simplemente no hubieran existido. Administraciones sucesivas de distinto signo estuvieron de acuerdo en ese pacto, que de manera oficial se conoció como “Pactos de la Moncloa”, y fue alabado como un ejemplo de lo que era “mirar hacia delante” y “superar los enconos”. 

Sin embargo, los franquistas más extremos consideraron que aun esa débil y no muy segura llama de la libertad era una afrenta a la memoria del Generalísimo; entonces, en un día de sesiones parlamentarias del año 1981, un General, Tejero, irrumpió revolver en mano, al frente de un grupo de sediciosos, y ocupó la sede legislativa, en tanto que en varios puntos del país se producía un intento de copamiento militar. El rey optó por apoyar al bando de los legalistas, aunque los corrillos se disputaron la duda acerca de si lo hizo por vocación democrática o porque evaluó que ese sector contaba con mayores posibilidades de ganar la pulseada (al fin y al cabo, el propio Franco lo había nombrado monarca con derecho a sucederlo en el mando). Por supuesto que la versión predominante luego fue la primera. 

Después de esa resbalada, la propaganda posfranquista se desgañitó diciendo que la represión a Tejero y sus cómplices había sido el mejor ejemplo de la vocación democrática definitiva de toda España. Pero el pasado quedó bajo candados más grandes y a nadie se le ocurrió volver sobre el tema de fosas encontradas, testimonios de matanzas o cosas de igual índole quemante.

Fue Baltasar Garzón el primero en animarse a descorrer el velo. Por eso, su condena debe llenar de indignación a todos los partidarios de la libertad y de la justicia.



5.06.2011

LOS PELIGROS DE LA FE

Por Roberto Daniel León



A muchos años ya de mi casi involuntaria incursión en el mundo de la fe y las religiones, considero tiempo apropiado el presente para expresar mi pensamiento acerca de los peligros de la sinrazón. Por alguna razón- no sin importancia- Fe es el símbolo del hierro (Ferrum). Metal bruto, si los hay. No deseo continuar, sin antes decir que creo en el derecho de las personas de, por ejemplo, profesar la fe que le venga en gana. No obstante, también creo en la libertad. La que provee la razón, el conocimiento, el saber. Y creo en los límites de los derechos; frontera que se establece donde comienza el derecho del otro. Creo entonces, que tengo derecho a denunciar aquello que atente contra la razón y el conocimiento y por tanto contra la libertad; valor y condición que considero de excelencia en el hombre.

La fe es enemiga de la razón y el conocimiento. La fe es instrumento para la sumisión y la esclavitud. La fe detiene la búsqueda. Inmoviliza. Entorpece. La fe es pensamiento mágico. Y el pensamiento mágico pone afuera el hacer y la responsabilidad del individuo. Lo que se ha dado en llamar necesidad de creer en algo, es a mi criterio comodidad de despojarse de la responsabilidad de hacerse cargo. Las religiones en general, estimulan esta actitud autodestructiva en la sociedad. En lugar de decir hágase cargo, pague, remedie, restituya; dicen yo te absuelvo, en un alarde de irresponsabilidad que apesta. Un toque de confesión y vuelta a lo mismo. Sin enterarse o quizá sin importarles ni al absolvedor ni al absuelto, las graves consecuencias sociales de tamaña actitud.

Una cadena de engaños hace posible la consecución de enredos y entorpecimientos en el desarrollo del individuo. A esta altura no poca gente se pregunta cuántos cristianos habría si no existiera el infierno. Es que este cuco vino a reemplazar en las deliberadamente entenebrecidas mentes de la sociedad, el antiguo temor que supieron infligir por medio del hierro candente o cortante.

Es que, como se dice vulgarmente, el “circo” está bien armado. Si al creyente la cosa le sale bien, pues entonces es obra del “dios” a quien le haya rezado (cualquiera sea su nombre), el cual “demuestra” de esa manera su capacidad de “hacer milagros”; ergo su “existencia”, a la vez que “premia” la fe del desprevenido creyente. Si la cosa le sale mal, en cambio, los “intérpretes de la fe” le explicarán que como ese dios es soberano -o más o menos poderoso- no siempre responderá a sus deseos porque sabe realmente que es lo que más le conviene (al creyente). “Ah...! Qué vivo...!” diría con fina lógica cualquier niño aún no contaminado. Es que así siempre cierra. Bastante forzado, claro está. Porque si ese dios va a hacer de todos modos lo que le parece, que sentido tiene rezarle y confiar en él? Ah... casi lo olvido: el peligro de ir al infierno. Cierto es que la fe incorpora la “virtud” de la resignación. Millones de “resignados – sometidos – conformistas – esclavizados” contribuyen a sostener las cosas tal y como están, impidiendo cualquier cambio que mejore las condiciones de vida en el mundo.

Sin dudas los líderes religiosos (tanto como los líderes políticos) usufructúan en su propio beneficio una tendencia muy humana de estos días, como es la de “zafar” y poner el esfuerzo y la responsabilidad en otros. “¡Ganamos!” dicen los hinchas de fútbol, cuando en realidad ellos no jugaron. “San Cayetano me va a conseguir trabajo” dicen muchos, después de haber votado al que les destruyó las fuentes de trabajo (individuo generalmente perverso, al que seguirán votando sin enterarse jamás que San Cayetano no tiene nada que ver, especialmente desde que falleció). Y los intérpretes de la fe, falaces ellos, continúan alentando cínicamente el sometimiento de las gentes al pensamiento mágico que los esclaviza y entorpece. Y anatemizando toda voz que pretenda llamar a la cordura. Y haciéndose cómplices del poder político y económico con el que comparten y se sostienen en sus estructuras.