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3.11.2012

BIOGRAFIAS Y NOVELAS BIOGRAFICAS

Por Juan José Oppizzi
Sus Artículos en ADN CreadoreS





Viene a cuento recordar que una biografía es el seguimiento documentado de los hechos de una vida. Existen biografías de miles de personas que se han destacado en algo, y tanto es así que estas narraciones cronológicas ocuparon el lugar de un género dentro de las clasificaciones literarias. 

Por otra parte, una novela biográfica es lo mismo, sólo que con el aditamento de la fantasía del autor, a través de la cual se construyen sucesos que no figuran en la documentación respaldatoria. 

Ahora bien, esa diferencia entre ambos tipos de obras es de suma importancia para entender el papel que cada una desempeña en referencia a la persona de la que se ocupa. En la actualidad es común leer la calificación de “biografía autorizada” o de “biografía no autorizada” para los libros que, especialmente, cuentan los pasos de celebridades contemporáneas. 

Ahí, por supuesto, se deja indirecta constancia de la credibilidad que puede o no merecer el contenido. Se supone que en una “biografía no autorizada” habrá muchísimos datos que, al no tener la censura del biografiado, aparecerán con nitidez absoluta. 

Las “autobiografías” cargan con una subjetividad adicional, que las vuelve aún menos confiables. Las especulaciones que ofrece de por sí el género biográfico son tan amplias como diversas las manos y los criterios de quienes se ponen a escribir. 

Hay biografías apologéticas, es decir aquellas que tienen por objeto ensalzar a los que motivan su aparición; hay biografías críticas, embarcadas en lo contrario; y hay –las menos– concienzudos trabajos empeñados en salirse del maniqueísmo, del garronerismo y del edulcorante sintético. 

Con estos antecedentes, queda bien claro que establecer la diferencia entre una “biografía” y una “novela biográfica” no es una tarea sencilla. Se sabe que, en lo profundo, la biografía tiene un compromiso con la verdad y que la novela biográfica lo tiene con la amenidad. Allí donde la biografía reconoce que no tiene qué poner, la novela biográfica pone lo que no conoce. 

Cuando leemos un libro actual sobre alguien que vivió hace mucho tiempo, cuanto más seguros son los detalles y más completo el panorama, menor es el apego al rigor histórico. En muy pocos casos habrá suficiente documentación real como para llenar con minuciosidad el relato de una vida. 

La correspondencia, la obra escrita o los testimonios de allegados, y hasta los diarios íntimos, dejan siempre en blanco mucho de lo que es cada existencia humana. Para la biografía, esto siempre será un problema; para la novela biográfica, en cambio, esto será la oportunidad de ejercitar la imaginación.

Acá llegamos al punto en donde biografía y novela biográfica se enfrentan. Si el norte de la biografía es la verdad, la labor de la novela biográfica tiende a complotar contra ella, porque fabrica mitos. Un ejemplo por antonomasia de este choque es la película Amadeus de Milos Forman. 

Su fidelidad a los hechos de la vida de Mozart y a las características personales de este genial músico lleva la sospecha de la versión libre. Forman se ensañó particularmente con la figura de Salieri, el maestro de Mozart. Según la película, fue un mediocre, lleno de envidia por el genio de Salzburgo, rumió veneno hacia él y acabó en un intento de autodegüello, a partir del cual sólo vivió para recordar masoquísticamente  los episodios relacionados con el joven compositor. 

Los datos biográficos de Salieri indican que, lejos de haber cesado en el papel de maestro, siguió dando lecciones de música y tuvo por alumnos a otros dos colosos del pentagrama: Beethoven y Liszt; incluso está documentado el afecto que Beethoven –carácter levantisco y susceptible– sentía por él.


Respecto del propio Mozart, las tintas se cargan en algunos rasgos improbables: intercala actitudes de imbecilidad (incluso de grosería) y gestos de suprema conciencia. Sus cartas, si bien delatan a un humorista picante, gustador de las mujeres y de la buena vida (que casi no tuvo, porque murió en la peor de las miserias), jamás revelan características de pobreza intelectual ni de chabacanería cotidiana. 

Hoy, a tantos años del estreno de ese filme, en numerosos criterios la figura de Mozart continúa asociada a la envidia de Salieri y a la risita idiota que el libretista le hizo emitir al actor que encarnó al músico austríaco.

El libro de Félix Luna sobre el General Roca fijó una imagen poderosa del personaje histórico. Al haber sido escrito en primera persona, se le trasladaron las obligatoriedades de una autobiografía, pero como no lo es, tiene la herramienta que le permite darle majestad y credibilidad a las ideas del protagonista, sin que aparezca una inclinación demasiado notoria del autor por él. 

La obra intenta hacer de Roca lo que tal vez no fue: alguien con una rotunda personalidad y una mente brillante. El hecho de que haya ocupado los sitios que ocupó, originaron actitudes y acciones que hacen a la simple mecánica de esos sitios. 

Su protagonismo mayor (aparte del que surge por haber sido Presidente de la Nación), la jefatura de la última Campaña del Desierto, no puede ser alabado ni en base a la justificación argumental de Félix Luna. Los hechos concretos, documentados, pintan al General Roca como un ejecutor de los designios de una clase en ascenso y en expansión territorial. 

Ponerle a la limpieza étnica y a la depredación un cartelito patriótico (la dichosa “necesaria” consolidación del país) deja su criminalidad intacta. Tampoco fue, dentro de esos parámetros, un sacrificado; el rigor histórico descubre algunos atajos de su parte, como haber viajado en barco a la actual provincia de Río Negro para estar en las fotos que lo muestran al frente de sus expedicionarios victoriosos, en el final de la campaña.

Otros ejemplos modernos de novelas biográficas podrían ser algunas obras de Eduardo García Hamilton, aunque él sostuvo que eran biografías. Sarmiento, Alberdi y San Martín le merecieron amplios desarrollos imaginativos, en los que prevalece la idea del impacto sobre los lectores. 

Tomando como base documentación real, García Hamilton efectuó elaboraciones con más defectos que virtudes. No tiene el encanto poético de un Félix Luna; arrastra el prosaísmo informativo de su condición de periodista sin que éste se ponga al servicio de una verdadera información y le da prioridad a los ángulos puramente novelísticos sin ser un novelista. 

En el caso del libro sobre San Martín, hay un móvil de provocación. Pretende ser una biografía crítica, pero la importancia de la figura sobre la que trata hace que resalte la carencia de fundamentos y la abundancia de enconos  personales. El Libertador que aparece en las páginas de Don José (título que se revela como altamente irónico) es inepto, oscuro y pusilánime.

El paso del tiempo dicta una sentencia cruel: las impactantes pinceladas imaginativas de las novelas biográficas siempre serán, en la mente que las recorra, más duraderas que los datos fieles, aunque no siempre coloridos, de las biografías. 

El mito tiene allí más posibilidades de imponerse que la realidad. Por eso, opino que los que se dedican al seguimiento documentado de alguna vida deberían rendirle culto exclusivo a la biografía rigurosa.



Diseño|Arte|Diagramación: Pachakamakin
Portada: Pachakamakin




3.10.2010

DOS CENTURIAS

Por Juan José Oppizzi
Sus Artículos en ADN CreadoreS



En nuestro breve camino por lo que llamamos Vida le damos una gran importancia al conjunto que forman dos cientos de años. Sabiendo de los tiempos y las distancias cósmicos, eso no debería predisponernos al asombro; más bien, arrancarnos una sonrisa. Pero como usamos de referencia nuestra duración media sobre la tierra, y la noción de tiempo nos pertenece con exclusividad a los humanos (al menos en este globo), somos dueños de evaluar aquel tamaño según las pautas que responden a ese esquema. Así, hoy podemos estar absortos en la efemérides argentina en términos de lejanía.

Ya se encargaron algunos historiadores de eliminar aquella figura de un cabildo bajo la lluvia, rodeado por una multitud que se cubría con paraguas, en el 25 de Mayo de 1810. Hoy tenemos asumido que es difícil comprobar si llovía o no, que es al menos dudosa la existencia de esos paraguas y que las personas reunidas junto al pequeño edificio tal vez no eran más que algunas decenas. Dejo en manos de los especialistas en anécdotas la medición cuantitativa de los hechos. Lo que verdaderamente importa es la medición cualitativa. El transcurso de los doscientos años demostró en variadas ocasiones que la masividad no va siempre unida a la verdad, y que la repercusión pública de los acontecimientos a menudo traiciona la auténtica índole de éstos. 





La Revolución de Mayo fue protagonizada por hombres de carne y hueso, en los que anidaba el raudal de pasiones que rige las vidas de todos quienes compartimos esa estructura biológica. Tomarla como algo definitivo, totalizador y perfecto es alimentar una mitología que no ayuda a comprender la Historia. Igualmente errado es limitarla a las intrigas de astutos comerciantes o de políticos ambiciosos. Yo prefiero estudiarla como el principio –el principio– de la fundación del país. Y aquí descerrajo la pregunta que me obliga a replantearme continuamente lo que muchas veces aparenta ser obvio: ¿Un país se funda en un solo acto o lo integran los actos sucesivos de sus pobladores? Me formé culturalmente en la idea que encierra la primera parte de la pregunta; me educaron escolarmente en el concepto de que la República Argentina nació y quedó hecha para siempre entre el 25 de Mayo de 1810 y el 9 de Julio de 1816. Me dijeron que en ese histórico lapso hubo un grupo de seres superiores, metálicos (viéramos, si no, las estatuas de San Martín, de Belgrano, de Moreno), que siempre hablaban y pensaban cosas importantes y aleccionadoras.

De los dos siglos transcurridos, sólo cuarenta años fueron empleados en revisar la interpretación de la historia que reinó en los anteriores ciento sesenta. Surgió el revisionismo (que al principio fue una mera –y no siempre justa– inversión de los santificados y los demonizados por el discurso imperante); se descubrieron ángulos ocultos de los próceres; se ventilaron aspectos reales (y ficticios) de muchos pasajes históricos; se llegó al análisis morboso (en oportunidades, lleno de fantasías) de muchas vidas; se transitó, en fin, el caótico debate que, mal que mal, permite hoy tener una visión más humana de nuestra propia senda humana. Pero lo que rescato de ese ir y venir de opiniones, tan agotador a veces, es la conciencia de algo inadvertido por el calor de los argumentos: que el país está siempre en estado de fundación. Cada minuto que pasa nos coloca en la instancia de comenzar algo que incida en todo el conjunto social. Desde los ideales más elevados hasta las peores maquinaciones, la posibilidad tiene manivelas infinitas. Por supuesto, ante esa realidad ambigua no podemos esquivar la conclusión de que el país está, asimismo, siempre en estado de demolición. Las diferentes mentalidades que prevalecieron en tantos años han efectuado demoliciones y fundaciones alternativas. La sociedad de 1810 no fue igual que la de 1910 y ninguna de ambas fue igual a la que hoy vivimos. Tampoco es cierto –para desorientación de los pesimistas modernos– que en 1810 o en 1910 haya existido un clima de esperanza mayor que el que puede haber en 2010. Quizá en 1810 había muchas menos razones para abrigarla que en 1910 y en los días presentes. No es pura coincidencia el hecho de que los principales actores de la Revolución de Mayo hayan muerto jóvenes (Moreno, Castelli, French, Belgrano) y que su pasaje al bronce haya tenido gusto a reivindicación culposa, ni es casual que San Martín haya acabado sus días en un ostracismo lleno de calumnias.

Cuando miro a vuelo de pájaro la totalidad argentina de los dos siglos, me siento como frente a un precipicio. Hay de todo allí: en 1813 se quemaron en la Plaza Mayor los instrumentos de tortura virreinales; cien años después retornaron en versiones modernas y la pirámide construida para recordar aquella loable fogata vio un día de 1977 una ronda de madres desafiar a otros inconmensurables torturadores; desde 1863 nuestro país se llama República Argentina, pero recién a partir de 1912 se estableció el sufragio libre y secreto, base de cualquier noción republicana; el sufragio ahí se llamó también universal, aunque las mujeres pudieron votar en 1951; desde 1853 existe una Constitución Nacional, fruto de ríos de sangre, sacrificios extremos, esfuerzos increíbles; la mayor parte del siglo veinte ella fue un papel muerto bajo diferentes suelas de botas; un funcionario gubernamental, Domingo Cavallo, una vez mandó a lavar los platos a los científicos; un tribuno parlamentario, De la Torre, fue capaz de enfrentar él solo a todo un gobierno corrupto; un general borracho, Galtieri, para que su gobierno en ruinas durara más, envió a pelear contra un imperio bien armado a conscriptos veinteañeros casi desnudos y con fusiles que no disparaban; un abogado que tuvo que hacer de general, Belgrano, despellejado por las cabalgatas y abatido por la hidropesía, batió dos veces (y con él mismo en el campo de batalla) a un ejército profesional que lo doblaba en número; un médico, Favaloro, harto de pedir inútilmente ayuda para la fundación que le permitía asistir –y salvar– a miles de enfermos, se suicidó...

Y ahí está ella, la República Argentina, aguardando ser fundada muchas veces más y temiendo ser demolida también otras muchas veces. Y ahí están, ante nosotros, los siglos venideros como páginas en blanco, con sus misteriosos, inimaginables desafíos, con sus hombres del futuro que aún no son, con sus hechos aún no acaecidos. Y aquí estamos nosotros, los que formamos el país, porque un país no es un ente abstracto, separado de las vidas que lo pueblan; nosotros somos el país y, según la división que nosotros mismos hemos hecho del tiempo, tenemos un pasado que debe servirnos de lección, un presente que debe servirnos para la acción y un futuro que debe servirnos para la proyección.


Diagramación & DG: Andrés Gustavo Fernández