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5.13.2011

POST ERNESTO SABATO


Por Juan José Oppizzi


En el estreno de Mayo de 2011, días antes de cumplir cien años, se fue su cuerpo. La lucidez, como suele ocurrir en estos longevos casos, lo había abandonado algún tiempo antes. En muchas notas aparecidas ahora, se dijo que deja un vacío imposible de llenar. Yo no lo creo así. Lo que Ernesto Sabato fue ya es; no hay nada que, en su espacio literario e intelectual, se vacíe. Obra y trayectoria se cumplieron a lo extremadamente largo de su vida. Obra y trayectoria están presentes en el testimonio propio y en el de cuantos lo conocieron o supieron de él. La ausencia de su persona física no altera la presencia definitiva de su persona histórica.

Su obra literaria está hecha principalmente de ensayos sobre diversos temas y de tres novelas. Mi parecer le adjudica dos momentos creativos: el que va desde 1945, cuando publica ese grupo de magníficos trabajos breves reunidos en el título general de “Uno y el universo”, hasta 1965, cuando da a la imprenta El escritor y sus fantasmas, y el que va desde 1974, cuando se conoce la novela Abaddon el exterminador, hasta el cierre de su obra. En el primer período nacieron dos de las novelas, El túnel y Sobre héroes y tumbas. Ambas son la cumbre de su edificio literario; jamás hubo de igualar la profundidad y amenidad con que ahí se exploran zonas oscuras del ser individual y de la Argentina, respectivamente. El túnel es lacónica, de las llamadas “nouvelles” en la jerga clasificadora de los franceses; no se puede ignorar en ella cierta influencia precisamente del escritor galo Albert Camus, en especial de su novela El extranjero, pero tiene un vigoroso sello propio que la vuelve única. 


Sobre héroes y tumbas dibuja lo que otros escritores argentinos han pretendido sin éxito: la epopeya del país. Yuxtapone tiempos y personajes, une historias individuales con la historia nacional, cava en las almas y en los sueños, debate períodos e ideas. Es un libro para lectura recurrente, no un volumen que se agota por la simple conclusión de sus líneas. En el segundo período nació la última de las novelas sabateanas, Abaddon el exterminador, un desalentador refrito de las dos anteriores, construida mediante una técnica minimalista que se llamó “en abismo”: infinidad de trozos pequeños que nunca parecen decir nada completo; de hecho, lo que esa obra quiere decir ya está más que bien expresado en las otras; tiene la patética marca del sobrante. Lo mismo pasa con los ensayos de este segundo período creativo de Sabato: Apologías y rechazos, de 1979, vuelve sobre muchos temas que ya están expuestos, incluso con iguales figuras idiomáticas, en Hombres y Engranajes, Heterodoxia y El escritor y sus fantasmas (y el opúsculo El otro rostro del peronismo, de circulación fugaz), del primer período. Idéntica reiteración se advierte en las melancólicas disquisiciones Antes del final y La resistencia, los dos últimos partos librescos de Sabato, con el agravante de que en ellas aflora cierta decadencia de estilo y un tono plañidero que le quitan el encanto de los primeros trabajos.

Sus obras de ficción tienen una atmósfera oscura. El Juan Pablo Castel, de El túnel es un neurótico crispado; el Fernando Vidal Olmos de Sobre héroes y tumbas, un perverso. No han faltado quienes vieran en ambos personajes sendos alter egos del autor, lo cual no sería absurdo, considerando que muchísimos personajes de todos los autores suelen ser alter egos más o menos disimulados. La cuestión aquí es que Juan Pablo Castel y Fernando Vidal Olmos concentran una índole alter egoística peligrosa: ¡No sería fácil estar cerca de alguien que tuviera un gran pedazo íntimo de esos dos monstruos! Tanto en los ensayos como en las novelas (y no olvidemos sus declaraciones periodísticas), Sabato supo intercalar una muletilla cruel: “¿quién no ha...?”, fórmula sinuosa para involucrar a todos los demás humanos en las fallas propias. “¿Quién no ha errado?”; “¿Quién no ha dicho tonterías?”. Lo difícil es aceptar con la misma tolerancia: “¿Quién no ha sido Juan Pablo Castel y Fernando Vidal Olmos?”. También hay una constante ominosa en las protagonistas femeninas de aquellas dos historias: María Iribarne es acosada y muerta por Juan Pablo Castel; Alejandra es sometida sexualmente por Fernando Vidal Olmos, su padre, hasta que ella lo asesina e incendia la casa, en donde también muere.

La obra ensayística de Sabato, construída en un estilo erudito, áspero, seco, se ocupa especialmente de tres cosas: explicar por qué él abandonó el Partido Comunista, la física y por qué la tecnología es culpable de la “deshumanización de la humanidad”. Excepto en Uno y el universo, que guarda un equilibrio tal vez nunca hallado luego, en el resto hay un visible propósito de mostrar aquellas decisiones y aquella conclusión como el vuelco hacia un humanismo idealista. Pero la fluidez sintáctica no basta para darles una coherencia global, porque caen en el mismo error de Dostoievsky y de Kierkegaard (dioses tutelares de Sabato): mediante razonamientos lógicos condenan a la razón y a la lógica. Al igual que a aquellos dos escritores del siglo XIX, a Sabato lo protege su innegable talento literario; entonces sus ataques al Renacimiento en nombre del Medioevo, sus reivindicaciones de San Agustín y de Pascal frente a Oscar Wilde y Gabriele D’Annunzio, su afirmación de que el advenimiento de la ciencia positiva en el siglo XII es una “Actitud arrogante que termina con la hegemonía teológica, libera a la filosofía y enfrenta a la ciencia con el libro sagrado” (Del naturalismo a la máquina, introducción de Hombres y engranajes), su empequeñecimiento sofístico de Marx, entre otras muestras de una deriva intelectual hacia el conservadorismo filosófico, pasan por saludables rebeldías contra la sociedad moderna.

La “deshumanización de la humanidad” no es más que un postulado sabateano escurridizo. Uno puede fácilmente preguntarse cuándo fue “humana” la humanidad. Eso, si se toma el termino “humano” como adjetivo que define el respeto, la tolerancia y cuantas virtudes lo hacen calificativo, es decir como parece tomarlo Sabato. De lo contrario, también es sencillo advertir que todo lo humano es propio de la humanidad, aún aquello que consideremos contrario a su razón de ser. Por ejemplo, sería ridículo endilgarle a un perro una eventual desperrización, o a un árbol su inarbolidad. Pero Sabato parte de una idea que se trasluce ya al leer su postulado: si la humanidad está deshumanizada, quiere decir que en algún momento de la historia no lo estuvo. Entonces el problema se le presenta al definir cuál fue ese momento. Él lo sitúa en el lapso anterior al desarrollo de la ciencia. Ahí su fundamento cruje: cualquier estudio serio de los períodos históricos anteriores al desarrollo científico revela que la humanidad estaba oprimida por un espantoso conjunto de supersticiones, mitos y tabúes que se realimentaban y que jamás admitían divergencias. Una casta feudal y otra sacerdotal eran la garantía de continuidad de esa vasta noche. Miles de hombres y de mujeres fueron quemados por defender lo que le permitió siglos después a Sabato el desarrollo sus densas teorías (el pensamiento libre, la crítica, el debate, los métodos intelectuales, la complejidad del lenguaje, el haber vivido casi cien años en virtud también de los cuidados que brinda la medicina). Por otra parte, responsabilizar a la ciencia por la maldad humana es lo mismo que responsabilizar a un piano por las barbaridades interpretativas de un pianista: el criminal destruye tanto con un hacha de piedra como con un misil atómico; lo único que varía es el poder destructivo, no su índole moral o ética. Sin embargo, el autor de Sobre héroes y tumbas ha porfiado a lo largo de más medio siglo que la abstracción intelectual es la responsable de que el mundo haya ido virando hacia una frialdad desprovista de poesía y de sentimientos. No menos brío ha puesto en destacar los yerros de la ciencia y en agrandar hasta lo esperpéntico algunas ridiculeces de los científicos, como si eso descalificara absolutamente a la razón científica (¡Las muchas tonterías y vanidades de los artistas deberían desautorizar, entonces, al arte en su totalidad!).

La trayectoria de Sabato en la vida social argentina asimismo revela un alto componente ambiguo. Atribuirle una línea recta, nítida e incuestionable es tan erróneo como negarle sus virtudes. En especial desde la década de 1950, sus opiniones poblaron los medios de comunicación y pesaron en la generalidad. Un carácter áspero, una altanería innecesaria, lo hicieron difícil al trato, aunque sus análisis, referencias históricas e intervenciones siempre tuvieron el sello de la reflexión cuidadosa. Como a todos los hombres célebres, lo rodearon los mitos. Algunos de ellos lo beneficiaron: el Sabato desinteresado por las repercusiones de sus palabras; el Sabato generoso con todos sus colegas; el Sabato humorista; el Sabato vencido por los dolores del mundo; el Sabato humilde. Pero los mitos suelen arraigar en el espacio que hay entre el hombre público y el íntimo. La anchura de ese espacio nos informa cuánto de sincero hay en alguien. 

El autor de Sobre héroes y tumbas asumió el papel de humanista combativo; por lo tanto, le caben las generales de su propia ley; no es canallesco aplicarle la misma exigencia que él aplicó sobre las figuras, las conductas y las ideas viviseccionadas en sus obras. Sus dos más grandes apariciones en la escena nacional –al menos, las que repercutieron en la historia argentina reciente– se relacionan, y quizá no tienen un signo tan opuesto como parecen. Una fue la comida, allá en 1976, con el recién estrenado dictador Videla, en compañía de Borges y del cura Castellani. Mucho se dijo sobre ese acontecimiento, y el mismo Sabato peleó durante años por agregarle lo que nunca sabremos si fue o no cierto: reclamos al asesino por las atrocidades que se cometían. Las declaraciones que efectuó a la prensa al día siguiente dejan traslucir muy poco de lo que, según él, había sido un enérgico planteo; más bien se va por las ramas inocuas de algunas advertencias contra la “caza de brujas” y por algunas generalidades en donde la crítica frontal brilla por su ausencia. Aumenta las dudas cuando manifiesta su “sorpresa” ante la “amplitud democrática” exhibida por el letal anfitrión. 

En estos días post mortem del escritor, se argumentó que él en ese momento no sabía cuál era la catadura de quienes habían ocupado militarmente el país; y ése es un argumento muy flojo, habida cuenta del largo año que los uniformados ya ejercían poder y matanza por arriba de la figurita –poco– decorativa de María Estela Martínez, y del nivel informativo del propio Sabato. Además, la invitación de Videla formaba parte de una campaña para atraer a diferentes sectores de la sociedad –asociaciones civiles, culturales, profesionales, etc–, presentándoles un paquete doctrinario adecuado al sentir de la pequeña y de la gran burguesía. En un lamentable arranque de furia defensiva epistolar, Sabato diría años más tarde que la dictadura del Proceso asumió “con el consenso del país”; eso, además de ponerlo en un lugar dialécticamente incómodo, reflejó la predisposición fascista de grandes sectores nacionales, confirmando el dicho de Bertold Brecht sobre los burgueses asustados. 

La otra aparición sabateana en la gran escena argentina fue a través de la CONADEP. El informe Nunca más lo muestra en la cumbre de su actividad cívica. La expresión lóbrega de Sabato en el acto de entrega de las carpetas al Presidente Raúl Alfonsín era la correspondiente al asunto que concretaba en testimonios y cifras el horror de una época. La introducción al listado de personas borradas por la dictadura concretó a su vez una teoría muy famosa: la de los dos demonios. La vacilante democracia de 1983 rengueaba, no tanto por las aún fuertes garras de los militares al acecho como por la conciencia pringosa de tantísimos hombres y mujeres reubicados (¿O reciclados?) en el nuevo período constitucional. La teoría de los dos demonios tenía las propiedades de un agua óptima para lavar legiones de manos y de premio consuelo para varios cientos de botas nerviosas. Leía la historia reciente del país como un enfrentamiento entre dos diabólicas facciones; mejor dicho: como la irrupción de un demonio izquierdo frente al cual accionó desmesuradamente un demonio derecho. Le cupo a Sabato, con la pericia literaria obvia, darle forma convincente a dicha teoría. El problema de ella es que acepta implícitamente la tesis del Proceso en cuanto a que la represión fue una guerra, y, además, el orden de presentación de los demonios –el izquierdo antes que el derecho– induce a disminuir la culpabilidad del segundo, ya que se entiende que su entrada fue consecuencia de la del otro. 

Tal vez al autor de Sobre héroes y tumbas le costaba admitir que Estados Unidos había organizado, bajo la dirección del judío-nazi Henry Kissinger, un plan de exterminio de cualquier semilla revolucionaria en América Latina, y que el demonio derecho hacía varias décadas que trapisondeaba por estas regiones. En no pocos escritos, Sabato alude a la caída de Richard Nixon, tras el caso Watergate, como un ejemplo de cómo “el hombre más poderoso de la tierra podía ser destituido por la simple denuncia de dos ignotos periodistas”. A él le parecía un signo de democracia, de libertad, de dinámica superior. La interpretación sabateana del caso Watergate merece el título de cándida, sólo si pasamos por alto que su mente privilegiada no podía ignorar el panorama completo. Richard Nixon cayó en medio de las batallas de enormes centros de poder; la denuncia de los dos ignotos periodistas fue apenas la mecha que activó un cañonazo ya preparado. ¿Debemos suponer que el aporte de Sabato a la teoría de los dos demonios tuvo la misma especie de candidez?

Lo que en definitiva sedimenta, en un escritor del volumen de Ernesto Sabato, es su obra artística. El paso del tiempo irá dejando sólo eso. Él quedará en el gran friso de la literatura de habla castellana, y los lectores del futuro ponderarán de sus escritos aquello que tiene valores menos circunstanciales, aquello que se asoma a la eternidad.